viernes, 11 de septiembre de 2009




Reproducimos íntegramente el artículo del destacado blogger Bruno Moreno, titulado "Susurros Litúrgicos", que hace una excelente exposición de la importancia y profundidad de las oraciones que el sacerdote dice en secreto durante la Santa Misa.




***


El otro día, al hilo de un artículo en el que se mencionaba la liturgia tradicional, una lectora, Esperanza, preguntaba porqué en la forma extraordinaria del rito latino (lo que la gente suele llamar la “misa antigua en latín") una buena parte de las oraciones las recita el sacerdote en voz baja, de manera que los fieles no las oyen. Probablemente a muchos les sorprenda, pero esto no es algo exclusivo de la liturgia antigua. En la forma ordinaria de la Misa (la liturgia habitual, la de Pablo VI), también hay unas muchas oraciones que el sacerdote dice en voz baja.
¿Por qué existen estas oraciones en una y otra forma del rito romano? ¿No sería mejor que siempre pudiéramos escuchar todo lo que se dice? ¿No sería más litúrgico, ordenado y racional que todos hiciésemos lo mismo a la vez?


Para entender este aspecto de la liturgia, tan poco conocido, hay que tener en cuenta que, en la Iglesia, como en la vida trinitaria, la unidad no mata la diversidad, ni la oración comunitaria ahoga la oración personal. Es más, me atrevo a decir que, para que la oración comunitaria sea lo que debe ser, es necesario que cada uno de los que participan en ella esté rezando también en su interior. El culto cristiano no es como el del paganismo romano, en el que lo único importante era llevar a cabo una serie de ritos formales correctamente. Dios no quiere labios, quiere corazones. O, mejor dicho, quiere labios que expresen corazones.
Para favorecer la oración personal, existen estas oraciones en voz baja, que, litúrgicamente, se llaman oraciones “secretas”. Este nombre no hace referencia a un secreto que no se pueda divulgar, sino que, en latín, significa “separadas". Es decir, son oraciones individuales y no comunitarias. El hecho de rezar individualmente mientras se celebra la Eucaristía recuerda al presbítero o al diácono que no son funcionarios, sino ministros de Dios, que no están actuando en una especie de teatro delante de los fieles, sino participando in persona Christi en el mismo núcleo de nuestra salvación.
En ese sentido, las oraciones secretas reflejan también la misión litúrgica particular de los presbíteros. En virtud del sacerdocio sacramental, no participan en la Eucaristía como uno más, sino que actúan sacerdotalmente, intercediendo por todo el Pueblo de Dios, preparando las ofrendas, purificándose, acercándose al altar y ofreciendo el Sacrificio santo del Hijo de Dios.
Otro aspecto esencial de las oraciones secretas consiste en evitar la tentación racionalista. El racionalismo moderno pretende, por su propia naturaleza, estructurarlo, explicarlo y analizarlo todo, pero la liturgia, para expresar adecuadamente el culto a Dios, tiene que manifestar de alguna forma el Misterio. No es casualidad que, después de la consagración, el sacerdote proclame: “Este es el sacramento (que, en griego, se dice mysterion) de nuestra fe”. Lo que celebramos en la Eucaristía es un Misterio, un misterio que nos supera y excede nuestra capacidad de comprender. Y podemos alegrarnos de que así sea, porque eso es lo que hace importante a la Eucaristía. No se trata de un mitin político, de una terapia de grupo ni de una clase universitaria en la que el sacerdote es el profesor y los fieles los alumnos. En la Misa, se hace presente el Misterio inefable que supera todo conocimiento.
Paradójicamente, una liturgia que intente explicarlo todo demasiado se convierte en opaca, porque oculta lo que debería manifestar. No refleja el Misterio que ocupa una posición central en el culto cristiano y que constituye el núcleo de nuestra fe. Se convierte en algo meramente humano. En el rito bizantino, a la Misa se la llama la Divina Liturgia, porque la liturgia eucarística es más divina que humana. Y, ante la presencia divina del Rey de Reyes y del Señor de los Señores, es lógico que uno hable en voz baja, sobrecogido ante lo que está sucediendo.
El grado en que se manifiesta la dimensión misteriosa de lo que se celebra, depende del rito. Dentro del rito romano, la majestad y el misterio de Dios se subrayan más en la forma extraordinaria, en la que todo el Canon se dice en voz baja y en el las oraciones secretas son más numerosas, aunque, como hemos dicho, estás también están muy presentes en la forma ordinaria. En los ritos orientales, la división se marca mucho más profundamente que en Occidente, ya que el sacerdote se retira al otro lado del iconostasio durante una buena parte de la Eucaristía. E incluso antiguamente, en la liturgia romana, cuando había un baldaquino, era costumbre correr las cortinas durante el Canon, para simbolizar así a Moisés, que entraba en la tienda del encuentro para hablar cara a cara con Dios.
Por otra parte, las oraciones concretas que reza el sacerdote le ayudan a recordar su lugar. Como representante de Cristo, tiene un lugar principal en la liturgia y es honrado a menudo en ella: vestiduras preciosas, proclamación del Evangelio, explicación de las lecturas, un asiento central, una colocación aparte de los fieles, etc. Pues bien, a menudo las oraciones secretas que debe pronunciar el sacerdote le hacen presente su pequeñez, su condición de pecador o su necesidad de la gracia de Dios. Pide, en voz baja, al Señor que le purifique y que borre sus pecados, pone ante él su corazón contrito y humillado, ruega que le conceda la vida eterna y admite que, por sí sólo, se separaría de Dios. Es decir, sirven para combatir eficazmente cualquier tentación de endiosamiento que pueda hacer que el sacerdote se apropie de la gloria que, en realidad, se tributa a Dios, confundiendo al Representado con el representante.
A mi juicio, existe un último aspecto importante que se plasma en las oraciones secretas de la Misa: el susurro es signo de intimidad. Cuando es sacerdote se presenta ante su Señor, susurra oraciones, de la misma forma que los enamorados se susurran cosas al oído. Susurrando se muestra la increíble cercanía con Dios que Cristo mismo nos ha regalado. Las proclamaciones en alta voz tienen su lugar en la liturgia, pero tampoco puede faltar ese susurrar, que es signo de que la puerta del Corazón de Dios siempre está abierta para nosotros. El mismo Señor nos ha llamado amigos, nos ha introducido en su morada y nos habla al oído de lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede contar. A solas con cada uno. Como dice el Cantar de los Cantares, secretum meum mihi. Mi secreto para mí.
Las oraciones en voz baja del sacerdote durante la Misa son oraciones preciosas y conviene que los fieles las conozcamos y nos animemos a rezar también individualmente durante la Misa. Incluyo en este otro post las oraciones secretas propias de la forma ordinaria e invito a los lectores a que se fijen en ellas el próximo domingo. Así verán cómo el sacerdote recita en voz baja estas plegarias. Puesto que, a menudo, van acompañadas de gestos o movimientos del sacerdote, son fáciles de detectar.
Y no me resisto a la tentación de terminar este texto con un soneto sobre las oraciones secretas que se susurran la Misa:
Siempre susurra el fiel enamorado;


hay cosas que se dicen en voz baja,


ganando así la dicha y la ventaja
de acercar a la amada con su amado.

Un grito de amor es un llamado
que abre el vibrante pecho cual navaja,
mas el susurro al fin lo descerraja
para que quede abierto y sin candado.

Enmudezcan afanes, mundo y prisa,
que a todas horas nuestro oído hieren
con gritos, llantos y su triste risa.

Felices vivirán quienes pudieren,
en los sacros silencios de la Misa,
susurrar a su Dios cuanto quisieren.



*** 
Es necesario que los sacerdotes de hoy, tanto viejos como recién ordenados (e incluso, quienes en vías de recibir este sagrado ministerio, esperan) sepan valorar y realizar estas oraciones, de manera de compenetrarse con el misterio de Dios, que es Cristo presente en medio de los hombres: Dios mismo, que está frente a nosotros. 
Traigo a colación una bellísima oración, proveniente de la Liturgia de San Juan Crisóstomo (Lit. Oriental):
Nadie que esté ligado por los deseos y placeres de la carne es digno de presentarse ni de acercarse a ti, ni de oficiar ante ti, Rey de la gloria, porque a los mismos ejércitos celestes impone y amedrenta el servirte.


Sin embargo, por tu inefable e inmenso amor hacia nosotros, te hiciste hombre sin sufrir cambio alguno, fuiste constituido sumo sacerdote nuestro y, como soberano del universo, nos confiaste la acción sagrada de esta liturgia y sacrificio incruento. 
Porque tú solo, Señor Dios nuestro, eres dueño del cielo y de la tierra, tú que eres llevado en un trono de querubines, tú, el Señor de los serafines y rey de Israel, el único Santo y que en lo santo encuentras tu reposo.
A ti, pues, el único bueno y propicio, te suplico : pon tus ojos en mí, tu siervo pecador e inútil; purifica mi alma y mi corazón de toda conciencia mala y, ya que estoy revestido de la gracia del sacerdocio, perdóname por atreverme a celebrar los santos, terribles y vivificantes Misterios de nuestra fe, hazme digno, con la fuerza de tu santo Espíritu, para presentarme ante este tu sagrado altar, y para consagrar tu santo e inmaculado Cuerpo y tu preciosa Sangre.
A ti me acerco, inclinando mi frente, y te suplico: no me vuelvas el rostro ni me excluyas del número de tus servidores, antes permite que yo, tú siervo, aunque pecador e indigno, te ofrezca estos dones.
Porque tú eres el oferente y la ofrenda, Cristo Dios nuestro, el que la acepta y el que se distribuye, y a ti glorificamos, con tu eterno Padre y tu santo Espíritu todo bondad y vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Amén.
 

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