viernes, 23 de octubre de 2009

La Figura del Sacerdote: El Sacerdote y el Arte Sagrado

Reproducimos el artículo "El sacerdote y el arte sagrado" de Mons. Timothy Verdon, Canónigo de la “Iglesia Metropolitana Florentina” (Florencia, Italia) y Director del Oficio para la Catequesis a través del Arte de la Archidiócesis de Florencia (ha sido Consultor de la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales), cortesía de Clerus.org.


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El arte sagrado sirve al sacerdote ya sea en su vida de hombre y de cristiano, como en su ministerio presbiteral. Ambos contexto de empleo, en efecto, fueron señalados por el Santo Padre Benedicto XVI, en la Exhortación Apostólico Post-sinodal Sacramentum Caritatis del 2007, indicando la belleza artística como uno de los “modos en que nos llega (…) la verdad del amor de Dios en Cristo” (n. 35) y subrayando “la relación profunda entre la belleza y la liturgia”. En vista de tal unión, dice el Papa, “es indispensable que en la formación de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del arte como materia importante, con especial referencia a los edificios de culto, según las normas litúrgicas” ( n. 41).


Estas palabras forman parte de la milenaria tradición católica, que siempre ha promovido, desplegado y cuando era necesario defendido la función del arte en el crecimiento espiritual de los creyentes y en la misión pastoral de la Iglesia. Ya al final de la era patrística, san Gregorio Magno resumía la experiencia de los primeros siglos cristianos en términos que la tradición ha sintetizado con la frase 'Biblia pauperum', 'Biblia de los pobres'; escribiéndole a un obispo iconoclasta, subrayó la finalidad específicamente espiritual de las imágenes sagradas. “Una cosa es adorar una pintura, otra cosa es aprender de una escena representada en una pintura que adorar” dijo, añadiendo que “la fraternidad de los presbíteros es tenida para amonestar a los fieles para que ellos prueben ardiente compunción delante del drama de la escena representada y así se postren humildemente en adoración delante de la única omnipotente Santa Trinidad”, (Epístola Sereno Episcopo massiliensi, 2, 10). 


Con el mismo espíritu, en nuestro tiempo el Papa Pablo VI ha sugerido la estrecha afinidad entre el trabajo del sacerdote y el del artista: “Nosotros honramos grandemente al artista",
dijo en una audiencia del 6 de mayo, 1964, "porque él cumple un ministerio para-sacerdotal junto al nuestro.
Nuestro ministerio es aquel de los misterios de Dios, el suyo es aquel de la colaboración humana que devuelve estos misterios presentes y accesibles”. Y en el documento más importante en absoluto en este campo, la Carta a los artistas de Juan Pablo II del 1999, el mismo tema es confirmado con la afirmación que “para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios” (n. 12).
Estos textos del Magisterio son entonces la base de la evaluación del Cardenal Prefecto de la Congregación para la Fe, Joseph Ratzinger en la introducción al Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica para el cual él mismo eligió un bagaje de imágenes de varias épocas y culturas. El futuro papa notó que “los artistas de todos los tiempos han ofrecido, para contemplación y asombro de los fieles, los hechos más sobresalientes del misterio de la salvación, presentándolos en el esplendor del color y la perfección de la
belleza” y concluye en clave pastoral, definiendo el rol del arte en el pasado “un indicio … de cómo hoy más que nunca, en la civilización de la imagen, la imagen sagrada puede expresar mucho más que la misma palabra, dada la gran eficacia de su dinamismo de comunicación y de transmisión del mensaje evangélico”.


El sacerdote, cuya espiritualidad personal y profesional está vinculada con los signos sacramentales que él administra, capta fácilmente el nexo entre el arte visual y la fe cristiana. Sabe que en Jesucristo el Verbo de Dios se ha hecho visible haciéndose él mismo “imagen del Dios invisible” (Col 1, 15), y comprende por lo tanto que el rol de las imágenes humanas en la vida de los cristianos es de algún modo análogo a aquel del encarnado Verbo en la historia. “En un tiempo, no se podía hacer alguna imagen de un Dios incorpóreo y sin contorno físico”, recordó san Juan Damasceno, evocando la prohibición veterotestamentaria a cualquier representación de la Divinidad. “Pero ahora [continuaba] Dios fue visto en la carne y se ha mezclado en la vida de los hombres, así que es lícito hacer una imagen de lo que se ha visto de Dios” (Discurso sobre las imágenes 1, 16). Citando esta obra del siglo VIII, en 1987 Juan Pablo II, según la bella fórmula de San Juan Damasceno, escribió: “El arte de la Iglesia debe procurar hablar la ‘lengua’ de la Encarnación y, expresar, con los elementos de la materia, a Aquel que ‘se ha dignado habitar en la materia y llevar a cabo nuestra salvación a través de la materia’” (Duodecimum saeculum, n. 11).


Aunque si todavía usamos el término 'Biblia de los pobres', no es sólo una cuestión de imágenes didácticas que, en circunstancias particulares, reemplazan el texto escrito. Más bien, en la concepción católica, la imagen puede tocar la íntima realidad moral y espiritual de la persona. “Nuestra más auténtica tradición, que compartimos plenamente con nuestros hermanos ortodoxos”, decía Juan Pablo II, “ciertamente nos enseña que el lenguaje de la belleza, puesto al servicio de la fe, puede tocar el corazón de los hombres, y
hacerles conocer, interiormente, a Aquel que nosotros nos atrevamos a representar en imágenes, Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre” (Ibíd. n. 12). En un documento paralelo, siempre del 1987, el Patriarca Dimitrios I de Constantinopla afirmaba que, en la tradición ortodoxa, “la imagen (…) se convierte en la forma más potente que toman los dogmas y la predicación” (Encyclique sur el signification théologique de l’icone, 14.9.1987).


En ambas tradiciones en efecto – ya sea en la Iglesia de Oriente como en la de Occidente – el empleo de imágenes sagradas en el contexto de la liturgia sirvió durante los siglos a manifestar la particular relación que, gracias a la Encarnación de Cristo, existe entre “signo” y “realidad” dentro de la economía sacramental. Tal relación, en verdad, se refleja en todas las obras que el hombre asocia con el culto divino: desde los vasos sagrados y los tejidos a las más monumentales construcciones arquitectónicas, porque el empleo de las cosas en la liturgia de la Iglesia siempre revela y actualiza la vocación del mundo infrahumano, llamado junto al hombre y a través del hombre a dar gloria a Dios. Más aún que de las cosas, el arte habla en cambio de los hombres y de las mujeres que la crean, porque - como afirman los Obispos de Toscana en una Nota Pastoral del 1997, en el modo en el cual 'transfiguran' la materia, “los artistas revelan por analogía la estructura de la creatividad personal, el modo es decir con el cual cada hombre y mujer ‘proyecta’, ‘modela’ y ‘colora’ la propia vida para servir mejor a Dios y al próximo” (La vida se hizo visible. La comunicación de la fe a través del arte, n. 12). Juan Pablo II colocará esta observación en el horizonte ético de cada artista, afirmando que “quien percibe en sí mismo esta especie de destello divino que es la vocación artística (…) advierte al mismo tiempo la obligación de no malgastar ese talento, sino de desarrollarlo para ponerlo al servicio del prójimo y de toda la humanidad. (Carta a los artistas n. 3). Con tonos argénteos y tintes luminosos recrea la experiencia del artista, en el cual “la aspiración a dar sentido a la propia vida se ve acompañada por la percepción fugaz de la belleza y de la unidad misteriosa de las cosas”.
Admite la frustración probada por los artistas frente a la “distancia insondable que existe entre la obra de sus manos, por lograda que sea, y la perfección fulgurante de la belleza percibida en el fervor del momento creativo” de cuyo resplandor la obra realmente pintada o impresa no es sino un vislumbre. Pero también comparte el éxtasis del creyente delante a una obra maestra de arte, explicando que él “sabe que por un momento se ha asomado al abismo de luz que tiene su fuente originaria en Dios” ( n. 6).


Es por ello que ya Pablo VI, hablando a los poetas y a los hombres de letras, pintores, escultóricos, arquitectos, músicos, a la gente de teatro y de cine en la conclusión del Concilio Vaticano Segundo, había dicho: “La Iglesia está aliada desde hace tiempo con vosotros. Vosotros habéis construido y decorado sus templos, celebrado sus dogmas, enriquecido su liturgia. Vosotros habéis ayudado a traducir su divino mensaje en la lengua de las formas y las figuras, convirtiendo en visible el mundo invisible. Hoy, como ayer, la Iglesia os necesita y se vuelve hacia vosotros. Ella os dice, por medio de nuestra voz: No permitáis que se rompa una alianza fecunda entre todos. No rehuséis poner vuestro talento al servicio de la verdad divina. No cerréis vuestro espíritu al soplo del Espíritu Santo. Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza par ano caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que resiste la usura del tiempo, que une las generaciones y las hace comunicarse en la admiración” (Mensaje del Concilio a toda la humanidad, 8 de diciembre de 1965). 


Por consiguiente el sacerdote tiene que buscar a los artistas, conocerlos y aprender de ellos. A su modo son siempre hombres y mujeres ‘de fe’- también cuando se proclaman no creyentes - porque hacen cosas. La fe, creativa, engendra obras, y “si no va acompañada de las obras, está completamente muerta” (Sant. 2, 17), como una idea genial que el artista no traduce en una pintura o en una estatua. La fe, es un terreno familiar a los artistas, quienes cada día tienen que afrontar la fatiga de traducir intuiciones e ideas, impresiones y observaciones, concretizándolas en ‘obras’. Saben bien que el único modo de perfeccionarse
es realizar, lanzarse, arriesgando el fracaso - el derroche de tiempo, de materiales, de energía: arriesgando hasta el ridículo. Mejor que otros, comprende como en Abraham “la fe cooperaba con las obras” y “por las obras alcanzó su perfección” (Sant. 2, 21-22).
Pero los artistas comprenden la dinámica de la fe a un nivel aún más esencial, identificándose con el ‘riesgo’ y ‘pathos’ del mismo Artífice Dios. Experimentan como íntima esperanza, necesidad y sufrimiento el deseo de exteriorizar una idea que escapa, un concepto “único, multiforme, sutil, ágil, perspicaz” (Sab 7, 22) que a lo mejor pareciera resumir todo lo que el artista sabe que tiene dentro, y que él quiere, más aún, que debe compartir con los demás, para hacerles ver con sus ojos, contemplar y tocar con sus manos algo que, en él “existía desde el principio” (1 Jn, 1). No hay artista que no se identifique con el Creador, que arriesgó todo con tal de hacer su propia “vida…visible” a los hombres (1 Jn, 1-2).


De los artistas el sacerdote puede aprender que la fe en sí es arte. Ciertamente, en primer lugar es don, pero es un don que, como el talento humano, quien lo recibe tiene que desarrollarlo. No hablo aquí de ‘la fe’ comprendida como sistema, admirable compendio de creencias y tradiciones, sino del acto de fe, del salto de fe, del riesgo por el cual se pasa de una existencia ‘artesanal’ hecha de causas y efectos, a la vida experimentada como arte, vivida como una obra ‘inspirada’, abierta a la gratuidad, conformada por la gracia. Las causas y los efectos pueden, ay de mí, exigir venganzas y guerras, atrapando al hombre; la gracia, que es verdad gratuitamente donada, perdona y hace libres.
Estas cosas el sacerdote tiene que saber cuando reza, cuando celebra misa, cuando reconcilia a los pecadores con Dios. Y puede aprenderlas, si Dios quiere, también del arte y de los artistas.

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