viernes, 11 de octubre de 2013

El problema de la comunión de los divorciados.


En los últimos tiempos hemos notado un crecimiento sostenido de los matrimonios casados por la Iglesia que, por diversos motivos, han roto el vínculo matrimonial (y en muchos casos, con divorcio civil de por medio), generando a su vez nuevas uniones. Y en lo que está vinculado a la Fe, muchos de estos matrimonios desean acceder a la Sagrada Comunión, lo cual no les está permitido (por encontrarse en una situación de adulterio).

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Es por ello que la noticia respecto a las palabras de Mons. Robert Zollitsch, Arzobispo emérito de Friburgo y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana sobre el tema de la comunión de los divorciados (que pueden ver en el siguiente enlace gracias a Secretum Meum Mihi) han golpeado fuertemente la mesa respecto a este tema tan delicado por tratarse de la disciplina de tan grande Sacramento.

El anuncio de Mons. Zollitsch consistió, entre otras cosas, de la publicación de un manual de orientación para directores espirituales, con algunas medidas para orientar a quienes están divorciados y han decidido “rehacer su vida”. Dicho manual, según consigna la nota de prensa, contiene una serie de puntos para “acoger” a quienes están en esta situación y prepararles para la recepción de la comunión y de la confesión, entre otros puntos.

En vista de dicha información, deseo exponer brevemente lo que enseña la Iglesia respecto a la recepción de sacramentos por parte de los divorciados.

Veamos lo que dice el Catecismo de la Iglesia:
El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente:
"Si el marido, tras haberse separado de su mujer, se une a otra mujer, es adúltero, porque hace cometer un adulterio a esta mujer; y la mujer que habita con él es adúltera, porque ha atraído a sí al marido de otra”  (San Basilio, moral. regla 73).
CEC 2384

Como podemos ver, se deja claramente establecido que, al ser el matrimonio un vinculo sacramental aceptado en Libertad, su rompimiento consiste en un pecado grave. Sin embargo, el pecado de agrava mucho más cuando se contrae una nueva unión (inclusive, de facto).

El divorcio adquiere también su carácter inmoral a causa del desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social.
CEC 2385

El artículo precedente explica el porqué el divorcio se constituye en una falta grave. Además, el siguiente número indica algunas precisiones respecto a la parte “afectada” por el divorcio:

Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado en conformidad con la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido (cf. Familiaris consortio, número 84).
CEC 2386
Debemos notar que para este cónyuge “inocente” no existe una contradicción con el precepto moral, y por ende, no habría un “estado de pecado”. Sin embargo, lo anterior no es válido si este cónyuge “inocente” se vuelve a casar.
Por otro lado:

Existen situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble (cf. Familiaris consortio, número 83 y el Código de Derecho Canónico, cánones 1151-1155).
CEC 1649

Como vemos, el Código de Derecho Canónico establece claramente que la Iglesia admite la separación física de los esposos cuando existen situaciones donde la vida matrimonial se hace imposible. Sin embargo, deja claramente establecido que, pese a los agravantes, el matrimonio sigue siendo indisoluble, lo que implica que ambos cónyuges serán marido y mujer frente a Dios, y por ende, cualquier intento de vuelta a casar es una infidelidad al vínculo sagrado, y por ende, se transforma en Adulterio.

Pues bien. Ante esta situación, podemos ver lo que Jesucristo, nuestro Señor, nos enseña en las Sagradas Escrituras:

El Señor insiste una y otra vez en la indisolubilidad del matrimonio:
También se dijo: «El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.» Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, fuera del caso de unión ilegítima, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio.
Mateo 5, 31-32.-

En eso llegaron unos (fariseos que querían ponerle a prueba,) y le preguntaron: «¿Puede un marido despedir a su esposa?» Les respondió: «¿Qué les ha ordenado Moisés?»
Contestaron: «Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse.»
Jesús les dijo: «Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer; por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.»
Cuando ya estaban en casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio.»
Marcos 10, 2-12.-

El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio, y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.
Lucas 16, 18.-

Y San Pablo no hace más que reafirmar lo que dice el Señor:
A los casados, en cambio, les ordeno, y esto no es mandamiento mío, sino del Señor, que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer.
1° Corintios 7, 10-11.-


En vista de todos los anteriores argumentos, siendo los más concretos e indestructibles las citas de la Sagrada Escritura, dichas por nuestro Señor Jesucristo. Por ende, el divorciado que se vuelve a casar (o establece cualquier vínculo de infidelidad para con el matrimonio) comete adulterio. Y por ende, comete un pecado Mortal.

Pues bien: ¿Qué tiene que ver esto con la Sagrada Comunión?. Esta pregunta la resuelve el mismo catecismo:
291. ¿Qué se requiere para recibir la Sagrada Comunión?
Para recibir la Sagrada Comunión se debe estar plenamente incorporado a la Iglesia Católica y hallarse en gracia de Dios, es decir, sin conciencia de pecado mortal. Quien es consciente de haber cometido un pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.
Compendio Catecismo de la Iglesia Católica Cf. CEC 1385-1389, CEC 1415

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Es absolutamente claro: Quien está con conciencia de que se encuentra en pecado grave, NO puede comulgar.
Además, tanto en la preparación (es lo que debiera pasar) como en el mismo Sacramento, se insiste en la indisolubilidad del matrimonio y de lo que es el Adulterio (algo que se aprende también en el catecismo). Por ende, la conciencia de que Adulterio es un pecado grave existe.

Por tanto, la disyuntiva está diametralmente zanjada:
¿Puede un Divorciado, vuelto a casarse, comulgar en la Santa Misa?
R: NO, pues está en pecado grave.
Es evidente que la Iglesia acoge al divorciado y lo llama a vivir alejado de las situaciones de pecado, de modo de participar plenamente en la Santa Misa. Sin embargo, si el divorciado insiste en su pecado (por una serie de causas, inclusive contractuales como lo sería el caso de un nuevo vínculo civil) no puede participar de la plenitud de la Santa Misa.

Antes de finalizar me gustaría colocar dos preguntas respecto al tema.
¿Acaso Mons. Zollitsch y toda la Conferencia de obispos alemanes no conocen la doctrina de la Iglesia y las (clarísimas) palabras del Señor respecto al matrimonio y el adulterio? ¿Por qué insisten en que la Iglesia autorice el adulterio como algo lícito?

Es realmente desolador que hoy en día se haga mal uso de la frase de San Agustín “Ama y haz lo que quieras”, siendo que se invierte totalmente y se aplica como regla general: “Haz lo que quieras y, a eso, llámale amor”.
Kyrie Eleison.

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