viernes, 21 de marzo de 2014

[Brevis] Música Sacra Moderna: ¿Es posible?

 

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Uno de los fenómenos más claros y de directa consecuencia a la reforma conciliar de la Liturgia, fue la desaparición absoluta (en muchos lugares como prohibición implícita) de la Música Sacra, y su reemplazo por los impertinentes acordes mal rasgueados de una guitarra (suponiendo el “mejor de los casos”). Sólo en algunos lugares, amparados en clérigos musicalmente formados y en laicos comprometidos, se ha logrado mantener un mínimo de música sacra para la celebración de los Santos Misterios. Sin embargo, la condición de la música litúrgica es paupérrima en no pocos lugares.

 

¿Ha muerto la producción de música sacra? ¿Existen aún compositores? ¿Hay composiciones en otros idiomas, diferentes del latín, que logren mantener la esencia de la música latina?

 

Me gustaría, como primera aportación, presentarles el trabajo musical del Dr. Peter Kwasniewski, profesor del Wyoming Catholic College, quien ha publicado un libro con una serie de obras de su autoría.

 

Recomiendo a los distinguidos lectores a visitar el sitio de Corpus Christi Watershed, donde encontrarán mayor información al respecto.

 

¿Habrán compositores de habla hispana que desarrollen música sacra en latín/español?

miércoles, 19 de marzo de 2014

Sobre la Comunión de los divorciados vueltos a casar: Algunas consideraciones.

 

divorcio-expresA partir del debate que se ha generado por las declaraciones del Cardenal Kasper respecto a las posibles “soluciones pastorales” para el acceso de los divorciados vueltos a casar a los Santos Sacramentos (principalmente a la Sagrada Comunión), se han generado diversas reacciones, en particular, como las expresadas por el Cardenal Caffarra, el profesor Roberto De Matthei y por un blogger de Infovaticana (por citar solo algunos ejemplos). En una anterior entrada, abordamos el tema desde la perspectiva sacramental en respuesta a las declaraciones del ex-presidente de la Conferencia Episcopal Alemana. Ahora, lo abordaremos en pequeñas reflexiones.

 

1.- Sobre la objeción realizada a “Fernando III, el Santo”, pseudónimo del autor del blog del mismo nombre, respecto a que “Si no sabe teología, es mejor no opinar”, debo decir que para opinar en este tema tan delicado pero fundamental para la vida de la Fe, no se necesitan conocimientos que vayan más allá de lo que todo cristiano debe saber. Si bien, es necesario dominar temas de teología para poder analizar algunos casos (principalmente de los matrimonios no consumados y los mal llamados “divorcios aparentes” en los primeros siglos de la Iglesia, y lo relativo a la Comunión sacramental, para nadie debiera parecer extraño que alguien, en pecado mortal, no pueda acceder a la Sagrada Comunión, y que de hacerlo, se constituye un pecado aún más grave.

 

2.- Todo cristiano tiene derecho a opinar en lo opinable. ¿Qué es opinable en la Iglesia?. Lo opinable es todo lo que no es doctrinal o sacramental, es decir, todo lo que no está definido como doctrina o magisterio. Por ende, podemos opinar de las pésimas decisiones de uno u otro Papa en nombrar obispos a candidatos muy poco santos (por decir lo menos duro); la inconveniencia de las Misas masivas, donde en no pocas ocasiones se maltrata la celebración y en donde los asistentes están atentos a las cámaras (que retransmiten en vivo a través de pantallas gigantes) y a cualquier otra cosa menos al Santo Sacramento; la poca diligencia de las autoridades eclesiásticas que no expulsan del estado clerical a muchos sacerdotes que han incurrido abiertamente en doctrinas heréticas, o religiosas que defienden el aborto y otras desgracias y que aún siguen siendo “monjas” (aunque está claro que han reemplazado el Oficio Divino por un libro de Marx, y el Evangelio por una declaración de principios de libertinaje.

 

3.- ¿Puede un Cristiano contraponerse a lo que la Iglesia ha establecido basada en la doctrina que Cristo nos ha enseñado en los Evangelios? Claramente que esto no puede ser. La disciplina de los sacramentos es algo muy delicado, y por ende, compete a la Iglesia cuidarla y hacer respetar las normas adecuadas para que los Sacramentos sean tratados con la mayor dignidad, porque provienen de Dios y tienden hacia la eternidad.

 

4.- Causa escándalo en la Iglesia que un Cardenal (es decir, un príncipe de la Iglesia), sostenga doctrinas contrarias a lo que la Iglesia enseña, alegando misericordia. Como dijo el Cardenal Caffarra, lo que propone el Cardenal Kasper es, realmente, una inmisericordia, pues se empuja a muchas parejas con fracasos matrimoniales a la recepción de los sacramentos, los cuales no pueden recibir por encontrarse en pecado mortal. Este “misericordiaje” (en analogía al Libertinaje que se opone a la verdadera Libertad de los hijos de Dios), es la bandera de lucha de diversos movimientos en la Iglesia que buscan congraciar a la Iglesia con el Mundo, algo que evidentemente no es posible (y el mismísimo Señor Jesucristo nos lo reafirmó).

 

5.- ¿Es el problema de fondo la Comunión de los divorciados vueltos a casar?. Claramente no. El problema actual radica en 3 ejes diferentes:

a) La mediocridad y falta de criterio de las Catequesis Matrimoniales, que suelen ser breves charlas sin las mínimas exigencias.

b) La minusvaloración del sacramento del Matrimonio, que a menudo se considera tan solo una formalidad, y que no es menos común que sea solo una “ceremonia” que da un comienzo a la fiesta (donde lo principal no es el Sacramento, sino la comida y baile posteriores).

c) La falta de Fe. Porque si lo anterior existe, es porque no hay una fe verdadera en quienes se casan. Y por ende, el Sacramento queda reducido a un rito sin sentido, ya que los novios no están abiertos a la Gracia que otorga el sacramento en si mismo.

 

Solo una vez que lo anterior sea resuelto, se acabarán los problemas relacionados al Matrimonio. Pero atacar la enfermedad (que es una especie de “cáncer espiritual”) requiere coraje, decisión, dolores de cabeza e incluso sufrimientos, y por supuesto, perseverancia en la Fe en Cristo. Por ende, cualquier otra acción “pastoral” que no vaya encaminada a solucionar los verdaderos problemas, solo es una Aspirina.

Y al parecer, muchos de nuestros prelados prefieren un analgésico leve a una quimioterapia.

 

 

Espero contar con vuestras aportaciones. Estoy dispuesto a seguir con este debate. Pero para ello es necesaria la caridad y la firmeza en la Fe. Aquí os espero.

jueves, 20 de febrero de 2014

La oración de los fieles

A continuación, presentamos la traducción de dos interesantes artículos sobre la oración de los fieles y su utilidad. Esta oración, adicionada al Novus Ordo, ha sido en muchos casos el espacio para la improvisación litúrgica sin límites, aún cuando existen ciertas normas para poder realizarla con dignidad y decoro.

 

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La distractora Oración de los Fieles
publicado el 16 de Mayo de 2013 por el Dr. Peter Kwasniewski
(original: The Distracting Prayer of the Faithfull)

En el espíritu de la Reforma de la Reforma, uno podría cuestionar el rol en la Misa nueva de la Oración de los Fieles (o Intercesiones Generales) [Nombre común que recibe en mundo Angloparlante, N del T.]. Una variada colección de peticiones, por lo general pobremente escritas y leídas aún más pobremente, perturba el flujo natural de la Liturgia a medida que avanza desde las lecturas hacia la Profesión de Fe, la cual es la respuesta natural a la revelación que hace Dios de Sí mismo, y hacia el Ofertorio. La homilía oracion de los fieles_514-1amenaza también con perturbar el flujo de la Liturgia, debido a que representa un eje humano más temporal de la Liturgia, pero una buena homilía no debe durar más que unos pocos minutos, y si es realmente buena, despertará el apetito del alma por el Pan de Vida a través de la meditación de la Palabra de Dios. Con el canto solemne del Credo, el eje de la Eterna Divinidad de la Liturgia se reafirma decisivamente a si mismo, como el alma ejercita el don de la Fe y se prepara para llevar las ofrendas al altar, donde el Señor las transformará en la ofrenda de Sí mismo. Mirando desde “arriba”, examinando la estructura y el flujo de la acción litúrgica, las plegarias de intercesión [intenciones de la Oración de los fieles, N del T.] marcan el más incómodo quiebre en la acción litúrgica.

Esta Oración de los Fieles es diferente en la liturgia de Viernes Santo, porque ésta liturgia es radicalmente diferente, sin dudas, de la forma en la que ha evolucionado para los demás días del año. Las plegarias de intercesión pública tienen todo el mayor poder y fuerza para ser especial y solemnemente recitadas en el Viernes Santo, el día en el cual recordamos el evento histórico del Sacrificio del Señor y su muerte. Uno es casi golpeado por el poder de la Liturgia del Viernes Santo; Uno es llevado contundentemente aguas abajo adoptando sus características y distribuyéndolas ampliamente, aunque superficialmente, a lo largo del año.

Uno puede hacer un argumento similar respecto a la Misa Rezada y a la de Réquiem, que sirvieron de modelo para el Novus Ordo. Mientras que ellos construyeron su propio contexto limitado, la Misa rezada y la de Réquiem sirvieron perfectamente para sus propósitos. Tan pronto como las características de la Misa rezada de Réquiem llegaron a ser la Misa “estándar”, el balance fue destruido. Si los reformadores estaban tan preocupados sobre la hegemonía de la Misa rezada y de la Misa diaria por los difuntos, ellos podrían haber encontrado caminos más inteligentes para limitar esas prácticas en lugar de permitirlas efectivamente, sin hacerse cargo de esta situación. Hoy en día, casi todas las Misas son Misas rezadas, y la Misa de Difuntos en si misma ha sido “rebajada de solemnidad” hasta tal punto que rara vez parece ser lo que realmente es. Inclusive, las cualidades que eran preciadas en la Misa rezada y la de Réquiem fueron destruidas, irónicamente, tomando los elementos “menos solemnes” y rebajándolos en la medida de lo posible, sin viciar la validez de la Misa como tal.

Volviendo a la Oración de los Fieles: Es innecesario establecer una parte separada de la Liturgia para estas intercesiones, siempre y cuando se mantengan (como es debido) el Canon Romano, con sus bellísimas intercesiones por la Iglesia, el Papa, el Obispo, los sacerdotes y el pueblo, y, después de la consagración, por los fieles difuntos. Hay una pausa en el “Memento, Domine, famulorum famularumque tuarum…” [“Acuérdate, Señor, de tus siervos y siervas…”, N del T.], para recordar a quienes les hemos prometido rezar por ellos y por todos nuestros seres queridos. De la misma manera, el “Placeat tibi…” [“Te sea agradable…”, que es la oración que reza el sacerdote antes de la bendición final de la Misa. N del T.] es una oración de intercesión y con toda razón: ella pone fin a la majestuosa acción del Sacrificio iniciado en el “Suscipe, Domine…” [Según mi parecer, el autor se refiere al “Suscipiat Dominus sacrificium de manibus tuis…”, que traducido es “El Señor reciba de tus manos este sacrificio…”, que marca un momento que culmina el ofertorio y encamina hacia la Consagración, que es el centro de la acción litúrgica. N del T.] y trazando un arco cuyo apogeo es la Elevación y cuyo perigeo, si puede decirse así, es el “Domine, non sum dignus”, cuando glorificamos al Cordero de Dios, de infinita santidad, rogándole que sane nuestras almas para que pueda entrar y hacer Su morada en ellas. El fin se junta con el inicio en un ciclo que no es el desesperado ciclo del eterno retorno de Nietzsche, sino que es la alegre certeza de la Fe: El que creó el mundo al principio, El que lo volvió a crear mediante Su encarnación, volverá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos y le dará a Sus fieles servidores la recompensa de la felicidad eterna.

 

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¿Qué hacer con la Oración de los fieles?
publicado el 20 de Octubre de 2013 por Fr. David Friel
(original: What to Do with the Prayer of the Faithful)

 

Las Intercesiones Generales [nombre común que recibe la Oración Universal en el mundo angloparlante, N del T.] se supone que son solo eso: Intercesiones generales. Muy a menudo, sin embargo, la oferta de intenciones que ofrecemos enalcaldesa la Misa es más específica que general y más a modo de comentario que como peticiones.

Muchas parroquias usan servicios de subscripción [por ejemplo, los clásicos subsidios tipo cuadernillos u hojas sueltas elaborados por algunas editoriales, N del T.] para proveer las intercesiones de cada Domingo o, incluso, de cada día en la liturgia. Algunos de los errores se relacionan con aquellas corporaciones, las cuales podrían hacer un mejor trabajo en la composición de los textos. Otros errores también descansan, en algunas oportunidades, en los lectores a quienes les gusta añadir una petición final motivando a los fieles a añadir sus “intenciones particulares” en el silencio de su corazón. Peor aún son las invitaciones a las “intercesiones tipo Popcorn” cuando algunas de las intenciones personales son realizadas en voz alta desde la asamblea. Puedo estar muy en desacuerdo con la necesidad de crear plegarias de intercesión entre los fueles, pero ¿No sería mejor para quienes asisten a la Santa Misa en realizar estas intenciones para la Misa antes de que la Misa comience?

El profesor Kwasniewski planteó preguntas bien pensadas respecto al propósito y a la naturaleza de la Oración de los fieles en un artículo previo [El que presentamos anteriormente, N del T.]. Me gustaría añadir una crítica complementaria a todas las que él ofrece.

Mis reservas sobre el centro de la Oración de los Fieles tienen relación con el hecho de que esos textos pueden ser compuestos libremente. Cualquier momento en la Liturgia Romana, cuando existe una concesión para componer un texto litúrgico, debe ser tomado con cautela. La tercera edición del Misal Romano en inglés removió, sabiamente, numerosos casos de la infame frase “con éstas y otras palabras similares”. Aunque la composición local de las peticiones es ciertamente permisible, ¿Es recomendable? ¿Podría no molestarme que la Editorial Litúrgica, la secretaria parroquial, o inclusive el celebrante puedan componer libremente los textos para ser usados en la Santa Misa?

Por supuesto, existe un formato general al cual las peticiones de la Oración Universal deberían adecuarse. Existen incluso series de ejemplo en un apéndice en el Misal Romano. Sin embargo, la práctica común es usualmente bastante divergente de las normas esperadas.

¿Qué se debería hacer con la Oración Universal? Puede ser un elemento menor de la Santa Misa, comparativamente hablando, pero podría ser un área de reflexión y de reforma.

 

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jueves, 6 de febrero de 2014

La Falacia del Ahorro de Tiempo: Comparando las Plegarias Eucarísticas

A continuación ofrezco a los distinguidos lectores la traducción del artículo “Comparing Cannons” de Fr. David Friel, publicado originalmente en Corpus Christi Watershed blog. En dicho artículo se hace un interesante estudio con vistas a desmentir una de las grandes “malas prácticas” en lo que se refiere a la Sagrada Liturgia: El uso de la Plegaria Eucarística II  “in omni tempore”, para “hacer más corta la Misa”. Creo que no es necesario realizar ninguna acotación adicional.

 

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Comparando las Plegarias Eucarísticas.

Traducción (comentada) al español del artículo “Comparing Canons” de Fr. David Friel.
Publicado originalmente en Corpus Christi Watershed blog.

 

Existe una tendencia (especialmente entre quienes pertenecemos al Rito Romano) a obsesionarse con la cantidad de tiempo que pasamos en la iglesia. Probablemente este síndrome es más verificable en los sacerdotes que en cualquier otro. Como muchos oradores públicos, los sacerdotes pueden desconocer cuanto tiempo predicarán, pero yo creo que la mayoría de ellos son completamente conscientes de cuánto tiempo tomarán para celebrar Misa.

Cuando el miedo a pasar mucho tiempo surge y llegan a la mente visiones de un estacionamiento congestionado ¿Qué es lo que hace el Sacerdote? Para muchos, la primera solución es usar la Plegaria Eucarística II. Mientras que ésta es, ciertamente, la tendencia común, ¿Es realmente el Canon de la Misa el mejor lugar para “recuperar tiempo”? Más aún, ¿Esta solución toma en cuenta el uso apropiado de las Plegarias Eucarísticas aprobadas? Toda la Liturgia de la Iglesia se mueve en dirección de la Eucaristía, y las plegarias consecratorias son las más importantes palabras de la Santa Misa. ¿No haría más sentido predicar más corto y usar el Canon Romano?

El Canon Romano, en virtud de su universalidad y su uso prácticamente inalterado por casi 1500 años, guarda un lugar único y venerable entre las Plegarias Eucarísticas y, como tal, no es uno más entre algunas pocas opciones. Es la única Plegaria Eucarística de la cual las normas litúrgicas dicen “que puede emplearse siempre” (cf. IGMR 365 a). La Plegaria Eucarística IV tiene limitaciones para cuando puede ser usada, debido a su prefacio propio. La Plegaria Eucarística III es la más apta para las memorias de los Santos, y la Plegaria Eucarística II es específicamente no recomendada para su uso en los Domingos y en otras solemnidades y fiestas. Ésta no es mi propia categorización de las cuatro Plegarias Eucarísticas “mayores”, sino más bien las normas dadas en el capítulo VII de la Instrucción General del Misal Romano (IGMR, disponible aquí).

En la celebración de la Misa no debe haber un balance [entre el tiempo de la predicación y el tiempo del canon. (N. del T.)]. Nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, recientemente se refirió a este tema:

La homilía […] debe ser breve y evitar parecerse a una charla o una clase. El predicador puede ser capaz de mantener el interés de la gente durante una hora, pero así su palabra se vuelve más importante que la celebración de la fe. Si la homilía se prolongara demasiado, afectaría dos características de la celebración litúrgica: la armonía entre sus partes y el ritmo. […] Esto reclama que la palabra del predicador no ocupe un lugar excesivo, de manera que el Señor brille más que el ministro. (cf. Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 138)

Esto significa, además, que las partes menores de la Misa no deben nunca dominar sobre las que son más importantes. Cuando ofrecemos 14 intenciones de oración [en la oración de los fieles (N. del T.)] y disponemos solo 10 segundos de silencio después de la Comunión, existe un desbalance; Cuando cantamos cuatro canciones y [solo] recitamos todos los diálogos y aclamaciones [en vez de cantarlos (N. del T.)], existe un desbalance; Cuando predicamos por 25 minutos y utilizamos la Plegaria Eucarística II, existe un desbalance.

 

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El argumento contra el uso por defecto de la Plegaria Eucarística II para “ahorrar tiempo” no es solamente teórico; puede ser basado en evidencia práctica. La paginación de los misales de altar puede hacer que el Canon Romano pareciera desmesuradamente más largo que otras Plegarias, pero yo pienso a menudo que un estudio con más detenimiento podría mostrar que la extensión de las plegarias no son extremadamente dispares. Por lo tanto decidí realizar este estudio por mi cuenta, contando las palabras de las cuatro Plegarias Eucarísticas “mayores” y comparando la cantidad de tiempo que toma en recitarlas.

Abajo están los resultados del conteo de palabras, el cual muestra, como era de esperar, que la Plegaria Eucarística II es, de hecho, la Plegaria más corta. Y es más corta que el Canon Romano por un margen de 453 palabras. No se encuentran incluidos en este conteo de palabras el Prefacio, el Sanctus, el Mysterium Fidei, el Per Ipsum, las fórmulas especiales del Communicantes y del Hanc Igitur, y las conmemoraciones especiales para las Misas de Difuntos. [N. del T.: Este estudio fue realizado con la versión en inglés del Misal Romano, por lo que podrían haber leves variaciones respecto al número de palabras. Sin embargo, en términos generales, se mantiene el mismo orden de magnitud].

 

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¿En qué cantidad de tiempo “hablado” podemos traducir esta disparidad en la extensión de las plegarias? Consideré tomar el tiempo que me toma leer cada texto sentado en mi escritorio, pero temo apurar inconscientemente uno más de los textos con el fin de sesgar los datos para mis propósitos.

En lugar de ello, encontré aquí grabaciones de cada Plegaria, que fueron hechas por Fr. James Lyons de la Arquidiócesis de Wellington, en Nueva Zelanda, para asistir a los sacerdotes en el aprendizaje de las nuevas traducciones. Abajo está el gráfico que muestra la longitud de cada una de las cuatro grabaciones. Interesantemente, la Plegaria más larga no es el Canon Romano sino que la Plegaria Eucarística IV; aunque la cuarta Plegaria contiene aproximadamente 100 palabras menos que el Canon Romano, el fraseo demanda más pausas (Nótese: la longitud original de los archivos de audio son mayores a los tiempos presentados en el gráfico, debido a que extirpé las introducciones dadas por Fr. Lyons para una medición más precisa.)

 

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Aunque las grabaciones de solo un sacerdote ciertamente constituyen una muestra de tamaño pequeño, sospecho que la información tomada de las grabaciones de Fr. Lyons es bastante representativa de lo que debería obtenerse en promedio de un estudio más largo. Además, la cuestión aquí no es el tiempo que toma a un sacerdote en particular el rezar la anáfora, sino más bien la extensión comparativa de varias Plegarias. Y ¿qué muestran estos datos? ¿Exactamente cuánto más largo es el Canon Romano frente a la Plegaria Eucarística II? Menos de dos minutos.

 

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La suposición de que el uso de la Plegaria Eucarística II “ahorra tiempo” está profundamente incrustada en muchos sacerdotes y feligreses. Sin embargo, mediante consideraciones teóricas y prácticas, parece que esta suposición está fundada en falsos supuestos: primero, que el Canon es el mejor momento (o el más fácil) para “ahorrar tiempo”, y en segundo lugar, que rezar la Plegaria Eucarística II ahorra tiempo significativo. Desde mi punto de vista, no obstante, [creo que] existen mejores partes en la Misa para acortar en vez de la Plegaria Eucarística, [considerando que] el tiempo ahorrado por la Plegaria II es más bien insignificante.

Sé que soy tan pecador como cualquier Católico, pero sigo creyendo en un mundo en que no esté interesado en la extensión de la Misa. Mientras esperamos por el arribo de ese mundo, al menos mantengamos las cosas en perspectiva. La próxima vez que tu sacerdote rece la Plegaria Eucarística II en la Misa Dominical, pregúntate a ti mismo si podrías ahorrar esos dos minutos extras.-

sábado, 1 de febrero de 2014

Newman y la Liturgia

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El Beato John Henry Cardenal Newman (1801-1890) no alcanzó a conocer la reforma litúrgica emprendida después del Concilio Vaticano II. Sin embargo, podríamos decir que tuvo palabras proféticas que describen muy bien la crisis litúrgica actual.

Newman, haciendo eco de la publicación (en 1846) de “Lyra Innocentium” de John Keble (Anglicano, gran amigo de Newman y fundador del Movimiento de Oxford), escribe una serie de comentarios respecto a la situación de la iglesia anglicana (High-church) de aquel entonces (sumida en una profunda crisis por su carácter “des-catolizado”) y el aporte que Keble realizó para recuperar lo que había perdido la iglesia desde la reforma. Y para ello, el Beato Cardenal exhibe algunas facciones de la Iglesia Católica (a la cual se había convertido poco tiempo antes) que han sido poco captadas o estudiadas.

 

La correcta traducción de estos textos (cuyo original está en Inglés) se debe al gran Jack Tollers. Son de gran provecho muchas de las traducciones y textos originales que este gran autor pone a disposición en su sitio web (Et Voilà), por lo que recomiendo vivamente visitar este sitio.

 

Dice el Cardenal:

[Keble] hizo por la Iglesia de Inglaterra lo que sólo un poeta podía hacer: la hizo poética [...]
La poesía, tal como lo demostró el Sr. Keble en sus conferencias en la Universidad, es un modo de aliviar la mente sobrecargada; es un canal a través del cual las emociones encuentran expresión, y eso de un modo seguro y ordenado. Ahora bien ¿qué cosa no es la Iglesia Católica, vista desde un punto de vista humano, sino una disciplina para los afectos y las pasiones? ¿Qué son sus cánones y prácticas sino la expresión ordenada de un sentimiento agudo, o profundo, o turbulento y, por tanto, una “limpieza”, como diría Aristóteles, del alma enferma? La Iglesia es la poetisa de sus hijos; está llena de música para consolar al melancólico y controlar al rebelde—es fabulosa en sus historias para la imaginación del romántico; está repleta de símbolos e imaginería de modo tal que los sentimientos más delicados, que no sabrían cómo expresarse en palabras, pueden comunicarse silenciosamente y hacerse presentes en el alma de cada cual. Su ser mismo es poético: cada salmo, cada petición, cada colecta, cada versículo, la cruz, la mitra, el incensario, es la concreción de alguna ensoñación de la niñez, o tal vez, la realización de una ilusión de la juventud.

 

Y luego agrega:

Ahora bien, el autor de “Christian Year” [(Keble)] encontró al sistema Anglicano completamente desprovisto de este elemento divino que es propiedad esencial del Catolicismo—el ritual echado a los perros, pisado y roto en mil pedazos; las oraciones amputadas, trozadas, arrancadas, llevadas y traídas sin ton ni son hasta que el sentido de la composición original se perdió y los oficios que habían constituido tan noble poesía ahora ya ni siquiera eran buena prosa; antífonas, himnos, bendiciones e invocaciones, arrojadas al olvido; las lecciones de la Escritura convertidas en referencias vacías de significado; pesadez, debilidad, torpeza allí donde los ritos católicos antes habían desplegado alas livianas, frescura y la luz del Espíritu; suprimidas las vestiduras ceremoniales, apagados los cirios, robadas las joyas, aniquilada la pompa y circunstancia del culto divino.

Y se sentía ahora un vacío lúgubre—que parecía el santo y seña de una espuria colusión con el mundo y que se imponía a los ojos, al oído, a las fosas nasales de quien quisiera tributar un culto digno a Dios; un olor a polvo y
a humedad en lugar del incienso; [...] las armas de la Corona reemplazando al crucifijo; horripilantes y desmedidas cajas de madera desde la cual predicaban ceñudos ministros emplazadas en lugar del misterioso altar de antaño; y largas naves laterales sin uso alguno, separadas por rieles, como las tumbas (que eso eran) de lo que había sido y ya no era; y en lugar de la ortodoxia, una dogmática frígida, rígida, inconsistente, aburrida, incapaz, desvalida, que no podía fundarse debidamente y que sin embargo se mostraba intolerante respecto de cualquier enseñanza que contuviera alguna lección iluminadora y que resentía cualquier intento de que se le diera sentido.

 

Como podemos ver con absoluta claridad en este último texto, pareciera ser que el Beato Cardenal está realizando una especie de “reconstrucción” o “sumario” de lo que ha significado la reforma litúrgica del post-concilio.

LeghornItaly

Surge claramente una interrogante poderosa: ¿Qué podemos hacer para reconstruir lo que se ha perdido?

[Continuará…]

jueves, 26 de diciembre de 2013

No se debe aplaudir en las Iglesias...


 Quisiera tratar, en el presente artículo, de uno de los gestos no litúrgicos más comunes en las parroquias y templos de la actualidad: Los aplausos. Este tema, que muchas veces pasa desapercibido o como algo meramente natural (tanto así que existen una serie de “apologías” al aplauso en el entorno litúrgico, como la publicada por Infovaticana [cuya fuente es la Archidiócesis de León (México)]). Al respecto, me gustaría hacer una apología de lo contrario, es decir, de porqué los aplausos no son elementos litúrgicos y la razón por la cual deberían ser eliminados (mediante una adecuada catequesis). Este artículo es una respuesta directa al aludido artículo antes citado, y por ende, hace una paráfrasis de muchos de sus textos. Por caridad, no se considere este texto un ataque directo, sino más bien una réplica que intenta profundizar en el sentido más fundamental de la liturgia misma. Estoy totalmente dispuesto a seguir la reflexión sobre estos temas, por lo que si alguien quiere realizar alguna réplica a este artículo, estoy absolutamente dispuesto a publicar en este mismo espacio dicha réplica (con la consecuente dúplica de mi parte).
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En muchas ocasiones se valida el uso de los aplausos en la Liturgia (principalmente, durante la Santa Misa), con argumentos como, por ejemplo, “el espíritu humano sintió que era apropiado y necesario expresar la admiración por estas personas de una manera pública y audible, y por eso todos respondieron con un espontáneo aplauso”, refiriéndose a los ritos de exequias de los papas Pablo VI y Juan Pablo I. Salta a la vista la incompatibilidad de este gesto con la Liturgia: “apreciar admiración por las personas”. Y si profundizamos un poco más, sabemos que los aplausos se concitan en momentos diversos, como por ejemplo, al final de un matrimonio, bautizo, primera comunión, ordenación in sacris (diácono, sacerdote, obispo), elecciones de abades, profesiones religiosas, fiestas solemnes (como en Navidad o Pascua), en la visita pastoral del obispo a parroquias, en las bienvenidas/despedidas de un párroco o vicario cooperador. Y un largo etcétera acompaña a las anteriores. Sin embargo, todas con un común denominador: es un gesto de cariño o aclamación hacia personas en concreto. ¿No es el Santo Sacrificio de la Misa, el culto supremo (y el único agradable) a DIOS? ¿No debería ser Dios el centro de todo?

El problema, por tanto, es más profundo aún.

Analicemos algunas razones que parecerían justificar el uso de los aplausos (entre otros gestos corporales externos, como el baile) en la liturgia. Por ejemplo, se hace alusión al salmo 46 (47), que dice “Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo”. Otras razones aducen, por ejemplo, que es tradición religiosa expresar la alegría y emoción en las celebraciones. Sin embargo, esta supuesta tradición no es tal. La “emocionalidad” litúrgica o "sentimentalismo" litúrgico (perdone usted este nuevo concepto) es, sin duda, un aspecto relativamente reciente en la historia de la Liturgia (aunque no es descabellado pensar que ha estado marginalmente presente a lo largo de los siglos). Esta emocionalidad ha sido desgraciadamente potenciada en los últimos 50 años por el espíritu post-conciliar de eterna creatividad y novedad, sustancialmente diferente a la opinión de los padres conciliares. Bajo este punto de vista, se ha vuelto común incorporar elementos externos a la Liturgia, muy frecuentemente extraídos del ámbito mundano, para agregar una cuota de sentimentalismo e innovación a algo que se considera “rígido y poco adecuado a nuestros tiempos”. Algunos ejemplos de ello lo encontramos en acciones como los shows de teatro para reemplazar las lecturas y/o evangelio de la Misa; los cantos paganos o anti-litúrgicos, cantar el “Cumpleaños Feliz” o “Las Mañanitas” (cantos populares para celebrar cumpleaños) para celebrar al obispo, sacerdote, diácono, sacristán, o persona cualquiera, además del Niño Dios para la Solemnidad de la Navidad del Señor, la presentación de “ofrendas” de lo más variopinto: macetas, libros, velas, piedras, granos, semillas, tierra, papeles, e incluso un bebé, entre otras muchas acciones sentimentalistas cuya importancia se iguala a la de contar partículas de polvo sobre los manteles del altar.

Para no seguir extendiendo este artículo, me referiré a 2 puntos que considero importantes de tomar en cuenta del texto que es objeto de nuestro estudio:

En la primera, se presenta la “Aclamación”, que es precisamente de la cual el aplauso constituye un ejemplo pagano y extra-litúrgico. Dice el citado artículo: “Los libros litúrgicos romanos reconocen que hay ciertos momentos durante la celebración que piden una respuesta entusiasta de la asamblea, una respuesta a menudo llamada “aclamación” en las rúbricas. Por desgracia, la típica aclamación de asentimiento, la palabrita “amén”, normalmente es “musitada”, más que “gritada” como aclamación, tal vez debido a un sentimiento cultural de que las iglesias no son lugares apropiados para hablar en voz alta.” 

Corresponde realizar algunas observaciones. Primero, que las aclamaciones no son respuestas “entusiastas”, sino que son expresiones propias de quien asiste a la Sagrada Liturgia y que, por ende, son una aclamación a la Gloria de Dios por su grandeza y longanimidad. Así mismo, la aclamación está en el contexto de una liturgia que está unida indisolublemente a la Liturgia Celestial. Por lo mismo, la respuesta litúrgica no es una expresión del ser humano, sino que una expresión de la Iglesia en cuanto Cuerpo Místico de Cristo que se asocia a la Divina Liturgia. Por ende, para nadie debería ser extraño que las aclamaciones debieran ser, lógicamente, las que la Iglesia (Cuerpo Místico de Cristo) determina. 
En segundo lugar, para lograr que los fieles puedan conocer las aclamaciones y las realicen en conjunto con su real sentido, no se necesita reemplazarla por elementos foráneos y carentes de un auténtico sentido litúrgico, sino que se necesita educar litúrgicamente a los feligreses. En breves palabras: “La ignorancia acerca de un tema en específico se resuelve estudiando y aprendiendo sobre el tema, y no eliminando el tema específico y catalogarlo como “inaccesible” al conocimiento”.

Finalmente, y en segundo lugar, respecto a la posible incorporación del aplauso (y otras “adaptaciones culturales”) a la Liturgia: 
“Si parece apropiado usar el aplauso como una aclamación alternativa durante un rito litúrgico, debería ser integrado en el rito, como sucede en las ordenaciones” […] “La Iglesia está todavía en una etapa incipiente a la hora de introducir adaptaciones culturales en su liturgia. Necesitamos todavía discernir qué elementos de nuestra cultura son apropiados para la liturgia y en qué momentos. “El aplauso es uno de esos elementos culturales. Este proceso de discernimiento no se puede realizar de la noche a la mañana, y a veces la apertura al Espíritu y a la tradición litúrgica puede significar que tal vez tenemos que repensar nuestras prácticas establecidas. Si el aplauso es usado como una aclamación de alegría en el momento ritual apropiado, entonces su uso puede ser continuado sin problemas. Si es usado de manera que suponga la incorrecta noción de que la liturgia es “hacer cosas”, entonces este uso debería revisarse e incluso suprimirse.”

Lo anteriormente expresado va en contra de la verdadera concepción de Sagrada Liturgia, reafirmada de manera sólida por los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI en numerosos documentos (tanto de su período cardenalicio como “El Espíritu de la Liturgia: Una Introducción”, como en “La Fiesta de la Fe”, así como en sucesivos documentos pontificios de alta relevancia, como “Authenticam Liturgiam”, “Redeptionis Sacramentum” y “Sacramentum Caritatis”).

El problema de gran profundidad al cual se reduce toda esta situación es la “mundanización de la Liturgia”. Si bien la Sagrada Liturgia se vive en un contexto situacional específico (geográfico, demográfico, sociológico, económico), la Liturgia no puede estar sujeta al mismo. La Tradición de la Iglesia nos enseña muy claramente que la Liturgia no es una Obra meramente humana, sino que es una verdadera “obra de Dios”, en la cual la Iglesia terrenal celebra los santos misterios en una Acción Sagrada que se abre de par en par a la Eternidad (hacia la Liturgia Celestial). Por lo mismo, cualquier elemento extraño o agregado, cualquier simbolismo poco constructivo, cualquier signo o gesto foráneo no hace más que contaminar la esencia misma de la Liturgia: El Culto debido a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo (de ahí que se insista, por largos siglos, de la importancia del silencio y del decoro dentro del Templo, puesto que es el lugar consagrado a Dios para la Santa Liturgia).

Más aún, cualquier elemento como los descritos en los ejemplos, o el mismo aplauso, suelen ser elementos centrados en el hombre: celebrar a una persona en concreto, por algún logro o meta lograda (por ejemplo, en una ordenación sacerdotal, en un aniversario, después de la Homilía del Papa, etc). Claramente, dichas aclamaciones y elementos tienen una fuerte tendencia a la exaltación del hombre, que no es el objetivo de la Liturgia. Luego, salta a la vista en forma definitiva que son elementos absolutamente inadecuados para el ámbito de la Divina Liturgia.

El problema no está en la “inculturación” (palabra cuyo uso eclesial es tan confuso y variado como el de “ecumenismo”, con todas sus implicancias). El verdadero problema es una enfermedad relativamente moderna y que afecta a la Iglesia cada vez más: El Antropocentrismo. Si se pone al hombre por centro de la Liturgia, el Culto a Dios se transforma en un culto humano y pierde su sustancia. Y he ahí el peligro…

(Copyright imagen superior: Milenio).

miércoles, 4 de diciembre de 2013

50 años de Sacrosanctum Concilium: ¿Y ahora qué?

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Este 4 de diciembre se celebra el aniversario número 50 de la primera constitución emanada del Concilio Vaticano II: Sacrosanctum Concilium. Este documento genera en muchos católicos, particularmente entre quienes tienen una particular sintonía con la Liturgia, una doble sensación: Una de ánimo, puesto que en la constitución se plantea un legítimo desarrollo del Rito Romano y que recoge, de cierta forma, muchas de las premisas que se desarrollaron en el Movimiento Litúrgico del siglo XX, en sintonía con la Tradición de la Iglesia. Sin embargo, también produce una amargura al saber que en ella misma se encuentran las puertas abiertas a lo que sucedió después: una reforma litúrgica que, más allá de reformar la liturgia, vino a transformarla en algo nuevo: No se continuó el desarrollo “orgánico” que la Tradición supo mantener en la Liturgia, sino más bien vino a crear un nuevo rito, nacido de “mentes litúrgicas” que no valoraron ni respetaron el ritmo del desarrollo litúrgico en continuidad con la Tradición de la Iglesia.

 

Para poder llegar a una conclusión tan potente, basta solo con mirar detenidamente los estandartes de lucha que la reforma litúrgica dejó en muchos católicos, y que se suelen reconocer como los grandes logros del “Concilio”: La Abolición del Latín y su reemplazo por las lenguas vernáculas, y la Misa de cara al pueblo. En estos dos aspectos se puede, de inmediato, establecer que la Reforma de 1970 no fue realizada según la mens de los Padres conciliares, sino que fue una serie de decisiones personales o grupales, de paneles de expertos que (ávidos de novedades,) no tuvieron en cuenta el desarrollo orgánico de la Liturgia a través de los siglos.

Curiosamente, estos tan reconocidos “logros” del concilio nunca estuvieron presentes en los documentos conciliares.

Por ejemplo, analicemos el caso del Latín. La Constitución dice en el número 36:

Original (Latín)

 

Traducción (Español)

36. §1. Linguae latinae usus, salvo particulari iure, in Ritibus latinis servetur.

 

36. § 1. Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular.

§2. Cum tamen, sive in Missa, sive in Sacramentorum administratione, sive in aliis Liturgiae partibus, haud raro linguae vernaculae usurpatio valde utilis apud populum exsistere possit, amplior locus ipsi tribui valeat, imprimis autem in lectionibus et admonitionibus, in nonnullis orationibus et cantibus, iuxta normas quae de hac re in sequentibus capitibus singillatim statuuntur.

 

§2. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que acerca de esta materia se establecen para cada caso en los capítulos siguientes.

 

Y como vemos, es totalmente lo contrario a lo que sucedió en la reforma. El documento conciliar declara tajantemente  que el uso del latín, como lengua litúrgica de la iglesia, se debe conservar. Aún más, como se puede leer en el párrafo 2 del mismo número, se explicita que la lengua vernácula es útil y puede ser utilizadas en algunos momentos particulares, como en las lecturas (lo cual es deseable, siempre que la traducción sea la adecuada), así como en las moniciones (que hoy parecen una verdadera plaga por su número y extensión), en los cantos (sin reemplazar a los propios, sino que como cantos adicionales para acompañar algunos momentos como la procesión de entrada, el ofertorio, la comunión y la salida).

Los padres conciliares tuvieron muy claro el hecho de que el Latín, como lengua de la Iglesia, proporciona un signo de unidad litúrgica muy fuerte, así como también, una protección eficaz contra la “deriva del lenguaje” que afecta a las lenguas vernáculas (Por ejemplo, muchas palabras que, antaño, parecían normales, hoy han sido transformadas en palabrotas y groserías de grueso calibre).

El resultado es públicamente conocido: La abolición “de hecho” del latín y la proliferación de las traducciones a una multitud de idiomas que, en muchos casos, no cuentan con la necesaria autorización de la Iglesia, y que por ende, presentan graves errores teológicos y litúrgicos.

 

Por otro lado, la Misa cara al pueblo es otra de los “logros” que se le adjudican al concilio. Pues bien, en Sacrosanctum Concilium no existe referencia alguna respecto a la orientación del celebrante. La primera referencia se tiene directamente en la instrucción post-conciliar para la correcta ejecución de la reforma litúrgica, llamada "Inter Oecumenici”, la cual fue redactada por el Consilium para la aplicación de la reforma. En este documento, podemos encontrar la siguiente referencia (en el número 91):

91. Conviene que el altar mayor se construya separado de la pared, de modo que se pueda girar fácilmente en torno a él y celebrar de cara al pueblo. Y ocupará un lugar tan importante en el edificio sagrado que sea realmente el centro adonde espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles.

 

Queda claro que la palabra “conviene” no queda sujeta a la celebración de cara al pueblo, sino a lo primero, que es poder girar fácilmente en torno a él. En instrucciones posteriores y en la primera versión de la Instrucción General del Misal Romano se clarifica la situación y, en muchas declaraciones posteriores por parte de los prefectos de la Sagrada Congregación de Culto Divino, que la celebración Versus Populum es solo una posibilidad más.

El resultado de esto es también públicamente conocido: El destierro de la celebración de cara al altar, su prohibición por parte de muchos obispos y, por cierto, la destrucción de numerosos altares artísticamente diseñados para dar paso a construcciones de cuestionable dignidad y calidad artística.

 

Mass-Coloquiuum

 

Ante estas evidencias, nace una pregunta: ¿Que hacer?…

[Continuará]

miércoles, 30 de octubre de 2013

Y otra vez con la “modernización” de la Liturgia…

Usualmente no comento las noticias, en particular de ámbito religioso, donde suele haber muchísimo desconocimiento por parte del periodista, lo que genera inevitablemente una serie de errores. Sin embargo, ante la noticia que me he encontrado, y un artículo que habla sobre lo mismo en el blog de don Terzio, creo que es imposible no decir unas cuantas palabras.
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El titular de la noticia ya nos atormenta: “Comisión Episcopal sugiere actualizar la Liturgia para acercarse a los fieles”.
Y es que nuevamente, a 50 años del Concilio Vaticano II y del documento Sacrosanctum Concilium, el cual fue (supuestamente) la base para las reformas conciliares, se vuelve sobre el tema de “acercar la liturgia a los fieles”. No se necesita ser un Liturgista eximio para decir, en vista a los resultados, que el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia (principal órgano de la reforma litúrgica post-conciliar) precisamente adoleció del “Exsequendam”, es decir, de la ejecución de las inquietudes de los Padres Conciliares, en vista de los notables frutos de su no-ejecución como la virtual desaparición de la lengua latina y de la música sacra, como botones de muestra)

El secretario de la comisión de Liturgia del episcopado español, y principal aludido en la noticia, es el P. Juan María Canals (conocido por algunos debido a su artículo destempladamente crítico contra el Papa Benedicto XVI respecto a la decisión que culminó en el Motu Proprio Summorum Pontificum, el cual publicó en el sitio web de la Comisión de Liturgia de la cual es secretario y que, como consigna don Francisco José Fdez. de la Cigoña, ha desaparecido de dicho lugar).
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El P. Canals dice, en la entrevista (con comillas), dos frases absolutamente determinantes y dignas de estudio, siendo la primera de ellas, sobre la lengua litúrgica:
El paso más importante se dio con la introducción de la lengua vernácula y relegando al latín, ya que "fue clave para que la gente entendiese lo que celebraba en la Eucaristía" y ayudó a aumentar la participación de los fieles.

Cabe preguntarse: ¿La sustitución del latín por la lengua vernácula realmente permitió que la gente entienda lo que se celebra en la Santa Misa? ¿Realmente ayudó a aumentar la participación de los fieles en la Santa Misa?. No es difícil destruir este argumento simplista. Solo es necesario sentarse, como feligrés, en la última banca de la Iglesia y analizar el comportamiento de los fieles antes, durante y después de la Santa Misa: Gente que llega tarde, que conversa, que mastica chicle o bebe de una botella de cocacola, que come caramelos o galletas, que raya las bancas, que bota basura en el templo, que contesta el teléfono móvil en plena consagración, que sale sin justificación alguna, que ríe como si estuviera en un parque de diversiones, que “chatea” usando su celular, que (inclusive) se maquilla… Podemos agregar un gran etcétera. Además, hay elementos que trascienden la órbita del comportamiento meramente “humano” o “natural”, como por ejemplo, la notable diferencia entre la gran cantidad de comulgantes y la escasísima cantidad de penitentes (producto de que muchos sacerdotes ya no confiesan, de la relajación de la moral y la relativización del pecado), o por ejemplo, el horror que muchos sacerdotes sienten por el silencio, lo que les lleva a incorporar frecuentemente cantos inapropiados para la liturgia (muchos de ellos, algunos cantos de moda de origen evangélico, de dudosa doctrina y de fatal emotividad).
Como podemos ver, la sustitución del Latín por la lengua vernácula no ha ayudado en la mejora de la comprensión del Santo Sacrificio de la Misa. Lo mismo respecto a la participación de los feligreses en la acción litúrgica, ya que muchos asisten como irrespetuosos asistentes a la Santa Misa, con una indefinida conciencia de la importancia y la santidad del Misterio en el que se ven envueltos.
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Además, el P. Canals agrega:
Otro de los cambios en estos 50 años ha sido la reforma de los libros litúrgicos y la "interculturalidad", que Canals define como "el trasvase entre la Iglesia y la cultura que ha permitido retocar y adaptar algunos elementos para que el Evangelio sea entendido y llegue a más personas".

Aquí se hace una apología a la “inculturación de la Liturgia”, en un sentido bastante amplio, justificando agregar, modificar o suprimir alguna parte de la Santa Misa a criterio del celebrante (o del liturgista aficionado de turno). Y se hace hincapié, una vez más, en un carácter “docente” de la Liturgia, siendo vista con prioridad como una forma de llevar el Evangelio a más personas y permitir que muchas más lo puedan entender.
La Santa Misa, así como cualquier acto de culto público propiamente litúrgico, tiene como principal objetivo la Gloria de Dios, y por ello mismo, tal como lo define en su tiempo el Cardenal Ratzinger, es una acción Al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, que busca la Gloria de Dios y la santificación del hombre a través de la Gracia. Si la Liturgia es vista como un instrumento, su valor y su santidad cambia absolutamente, llegando a los paupérrimos abusos que seguirán decorando las pasarelas del mal gusto y de la irreverencia (y, en muchos casos, también del sacrilegio).

Finalmente, el P. Canals matiza su intervención aludiendo al Papa Benedicto XVI:
No obstante, el secretario de la Comisión Episcopal ha sugerido que en los próximos 50 años el trabajo debe centrarse "en la formación en un sentido teológico, bíblico y espiritual" con el objetivo de "acercar a los fieles a la Eucaristía y que conozcan a Cristo a través de la Liturgia" y que el número de asistentes a misa deje de disminuir.

Y es que, en efecto, es de vital importancia la formación de los fieles. Esa formación debe ser aplicada principalmente en la Catequesis, que hoy está muy debilitada y sometida a una deformación debido a la ignorancia y a la proliferación de pseudo-teólogos de discutible seriedad.
Sin embargo, la mejor formación para los fieles puede darse, paradojalmente, en el mismísimo Santo Sacrificio. Es imperativo DEVOLVER a la Liturgia su sacralidad, su “intimidad para con la Trinidad”, su devoción, sus gestos, el prescindir de la figura humana del sacerdote y devolver al centro de la Liturgia la centralidad del Único y Eterno Sacerdote: Jesucristo nuestro Señor. Esa es la catequesis de la gente sencilla, que por siglos conectó hasta al más pobre de los fieles con el Sacrificio de Cristo en la cruz, que se renueva incruentamente en cada Misa.

Para mejorar la situación actual de los fieles y su relación con la Liturgia, no se necesita banalizar aún más la Liturgia, centrándola en el hombre y colocando a Dios en una preciosa cátedra de oro escondida en el último rincón de la Iglesia (usualmente, junto al confesionario que se utiliza de armario para guardar la escoba y el trapero).
La solución parte por devolver a Dios el lugar que realmente tiene en la Liturgia, que es el principal y central. De ahí, surgirá espontáneamente la piedad, la “necesidad de Dios” por parte del hombre, y por ende, la necesidad de ser coherentes y de anunciar a Cristo con el testimonio en la vida: Lex Orandi – Lex Credendi – Lex Vivendi.-

Confieso que, a veces, sobran las ganas de organizar unas rogativas "ab fulminandos illos"...
Conversi ad Dominum!

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Quisiera dedicar esta entrada al Búho Escrutador, cuyo fascinante blog nos entrega, semana a semana, información y reflexiones muy importantes para la vida eclesial, siempre con máxima caridad, pero sin perjudicar la acuciosidad y los pormenores.
Recomiendo visitar el Búho Escrutador e incluirlo en sus favoritos.

viernes, 11 de octubre de 2013

El problema de la comunión de los divorciados.


En los últimos tiempos hemos notado un crecimiento sostenido de los matrimonios casados por la Iglesia que, por diversos motivos, han roto el vínculo matrimonial (y en muchos casos, con divorcio civil de por medio), generando a su vez nuevas uniones. Y en lo que está vinculado a la Fe, muchos de estos matrimonios desean acceder a la Sagrada Comunión, lo cual no les está permitido (por encontrarse en una situación de adulterio).

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Es por ello que la noticia respecto a las palabras de Mons. Robert Zollitsch, Arzobispo emérito de Friburgo y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana sobre el tema de la comunión de los divorciados (que pueden ver en el siguiente enlace gracias a Secretum Meum Mihi) han golpeado fuertemente la mesa respecto a este tema tan delicado por tratarse de la disciplina de tan grande Sacramento.

El anuncio de Mons. Zollitsch consistió, entre otras cosas, de la publicación de un manual de orientación para directores espirituales, con algunas medidas para orientar a quienes están divorciados y han decidido “rehacer su vida”. Dicho manual, según consigna la nota de prensa, contiene una serie de puntos para “acoger” a quienes están en esta situación y prepararles para la recepción de la comunión y de la confesión, entre otros puntos.

En vista de dicha información, deseo exponer brevemente lo que enseña la Iglesia respecto a la recepción de sacramentos por parte de los divorciados.

Veamos lo que dice el Catecismo de la Iglesia:
El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente:
"Si el marido, tras haberse separado de su mujer, se une a otra mujer, es adúltero, porque hace cometer un adulterio a esta mujer; y la mujer que habita con él es adúltera, porque ha atraído a sí al marido de otra”  (San Basilio, moral. regla 73).
CEC 2384

Como podemos ver, se deja claramente establecido que, al ser el matrimonio un vinculo sacramental aceptado en Libertad, su rompimiento consiste en un pecado grave. Sin embargo, el pecado de agrava mucho más cuando se contrae una nueva unión (inclusive, de facto).

El divorcio adquiere también su carácter inmoral a causa del desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social.
CEC 2385

El artículo precedente explica el porqué el divorcio se constituye en una falta grave. Además, el siguiente número indica algunas precisiones respecto a la parte “afectada” por el divorcio:

Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado en conformidad con la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido (cf. Familiaris consortio, número 84).
CEC 2386
Debemos notar que para este cónyuge “inocente” no existe una contradicción con el precepto moral, y por ende, no habría un “estado de pecado”. Sin embargo, lo anterior no es válido si este cónyuge “inocente” se vuelve a casar.
Por otro lado:

Existen situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble (cf. Familiaris consortio, número 83 y el Código de Derecho Canónico, cánones 1151-1155).
CEC 1649

Como vemos, el Código de Derecho Canónico establece claramente que la Iglesia admite la separación física de los esposos cuando existen situaciones donde la vida matrimonial se hace imposible. Sin embargo, deja claramente establecido que, pese a los agravantes, el matrimonio sigue siendo indisoluble, lo que implica que ambos cónyuges serán marido y mujer frente a Dios, y por ende, cualquier intento de vuelta a casar es una infidelidad al vínculo sagrado, y por ende, se transforma en Adulterio.

Pues bien. Ante esta situación, podemos ver lo que Jesucristo, nuestro Señor, nos enseña en las Sagradas Escrituras:

El Señor insiste una y otra vez en la indisolubilidad del matrimonio:
También se dijo: «El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.» Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, fuera del caso de unión ilegítima, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio.
Mateo 5, 31-32.-

En eso llegaron unos (fariseos que querían ponerle a prueba,) y le preguntaron: «¿Puede un marido despedir a su esposa?» Les respondió: «¿Qué les ha ordenado Moisés?»
Contestaron: «Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse.»
Jesús les dijo: «Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer; por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.»
Cuando ya estaban en casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio.»
Marcos 10, 2-12.-

El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio, y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.
Lucas 16, 18.-

Y San Pablo no hace más que reafirmar lo que dice el Señor:
A los casados, en cambio, les ordeno, y esto no es mandamiento mío, sino del Señor, que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer.
1° Corintios 7, 10-11.-


En vista de todos los anteriores argumentos, siendo los más concretos e indestructibles las citas de la Sagrada Escritura, dichas por nuestro Señor Jesucristo. Por ende, el divorciado que se vuelve a casar (o establece cualquier vínculo de infidelidad para con el matrimonio) comete adulterio. Y por ende, comete un pecado Mortal.

Pues bien: ¿Qué tiene que ver esto con la Sagrada Comunión?. Esta pregunta la resuelve el mismo catecismo:
291. ¿Qué se requiere para recibir la Sagrada Comunión?
Para recibir la Sagrada Comunión se debe estar plenamente incorporado a la Iglesia Católica y hallarse en gracia de Dios, es decir, sin conciencia de pecado mortal. Quien es consciente de haber cometido un pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.
Compendio Catecismo de la Iglesia Católica Cf. CEC 1385-1389, CEC 1415

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Es absolutamente claro: Quien está con conciencia de que se encuentra en pecado grave, NO puede comulgar.
Además, tanto en la preparación (es lo que debiera pasar) como en el mismo Sacramento, se insiste en la indisolubilidad del matrimonio y de lo que es el Adulterio (algo que se aprende también en el catecismo). Por ende, la conciencia de que Adulterio es un pecado grave existe.

Por tanto, la disyuntiva está diametralmente zanjada:
¿Puede un Divorciado, vuelto a casarse, comulgar en la Santa Misa?
R: NO, pues está en pecado grave.
Es evidente que la Iglesia acoge al divorciado y lo llama a vivir alejado de las situaciones de pecado, de modo de participar plenamente en la Santa Misa. Sin embargo, si el divorciado insiste en su pecado (por una serie de causas, inclusive contractuales como lo sería el caso de un nuevo vínculo civil) no puede participar de la plenitud de la Santa Misa.

Antes de finalizar me gustaría colocar dos preguntas respecto al tema.
¿Acaso Mons. Zollitsch y toda la Conferencia de obispos alemanes no conocen la doctrina de la Iglesia y las (clarísimas) palabras del Señor respecto al matrimonio y el adulterio? ¿Por qué insisten en que la Iglesia autorice el adulterio como algo lícito?

Es realmente desolador que hoy en día se haga mal uso de la frase de San Agustín “Ama y haz lo que quieras”, siendo que se invierte totalmente y se aplica como regla general: “Haz lo que quieras y, a eso, llámale amor”.
Kyrie Eleison.

sábado, 5 de octubre de 2013

Sequentia 'Annotamentum': Sobre el Sacramento de la Confesión [II]



§1.- Sobre el Sacramento de la Confesión
[II -  Lo Doctrinal].
Existe además una dimensión muy importante dentro de la praxis del sacramento mismo, que es lo referente al asunto doctrinal, que es parte fundamental para entender el declive que ha tenido el sacramento dentro de la praxis cristiana.
1.1.- Problemáticas Doctrinales en el Sacramento de la Penitencia.
Para ningún buen católico es extraño el hecho de que el sacramento de la Penitencia ha sufrido un declive notable. Esto se evidencia en dos aspectos:
El primero de ellos, hace alusión a una tendencia a la baja en la participación de los católicos en la celebración de los Sagrados Misterios (la Santa Misa dominical, es un ejemplo patente de este declive).
Esta tendencia, por cierto, que tiene relación con el comportamiento de los fieles, también tiene cierta influencia en la recepción de los sacramentos, particularmente en aquellos que escapan de lo que podemos denominar como "sacramentos culturales" (que corresponden a la administración de los sacramentos del Bautismo, Primera Comunión y Confirmación, los cuales están directamente relacionados con aspectos culturales de la sociedad "cristiana", y que son vistos meramente como una ocasión social necesaria y, en muchos casos, obligada), entre los cuales la Confesión es un ejemplo.
Por otro lado, otro aspecto evidente es la relación entre fieles que comulgan y los que se confiesan. Este es una característica que ha dado bastante que hablar, ya que es un aspecto que salta a la vista. Quizá no exista un estudio con rigor científico sobre esta relación, utilizando muestras de referencia y otro tipo de análisis. Sin embargo, utilizando una "estadística basada en la experiencia" de los laicos y los sacerdotes, se puede asegurar en forma estadísticamente significativa, que la cantidad de personas que reciben al Señor Sacramentado son mucho mayor a la cantidad de personas que se confiesan. Si bien existe la clásica expresión en base a dos escenarios posibles ("O todos son Santos, o todos son sacrílegos"), me parece que la situación amerita un análisis más acabado.
Podemos identificar dos grupos claramente identificables:
  • Los "católicos practicantes", que han de representar alrededor de un 25-30% de quienes asisten a la Santa Misa. Son personas de Misa frecuente, y con confesión frecuente dentro de lo que manda la Iglesia (probablemente, con confesión trimestral/mensual/semanal), y en muchos casos, con dirección espiritual (inclusive, en el mismo confesionario como parte del sacramento mismo).
  • Los "católicos de paso", que han de representar alrededor de un 70-75% de quienes asisten a la Santa Misa. Son personas de Misa ocasional, que habitualmente asisten a las grandes celebraciones (Navidad, Semana Santa y otras fiestas de precepto), o bien, que asisten a ofrecer la Misa por el aniversario de algún familiar difunto. En este caso, muchos comulgan sin importar en el estado espiritual en el que se encuentren, con una aparente "inconsciencia" de la necesidad del sacramento de la confesión para el perdón de los pecados.
Lo anterior, como se dijo anteriormente, no es estadísticamente preciso, pero permite generar una idea del tipo de fieles que forman parte de la Iglesia, y de quienes se acercan a los sacramentos.
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Sacrificium Deo spiritus contribulatus: cor contritum, et humiliatum, Deus, non despicies.
Se pueden formular numerosas preguntas respecto a los dos fenómenos brevemente analizados: ¿qué provoca la disminución de los fieles en la Santa Misa? ¿Por qué la cantidad de fieles que se confiesa es menor a la cantidad de fieles que comulga, cuando en teoría debería ser relativamente similar? ¿Este fenómeno responde solo a causas pastorales? ¿Este fenómeno responde más bien a causas doctrinales? ¿Tiene que ver en estos fenómenos el proceso de "secularización interna" en la Iglesia?
Pues bien, intentaremos responder a estas interrogantes. Primero, podemos decir que el fenómeno de la descristianización de la sociedad y la "secularización interna" en la Iglesia son responsables en gran medida de los fenómenos anteriormente expuestos, pero en un aspecto más general, ya que influencian al hombre a abandonar a Dios y centrarse en lo mundano, cayendo en un brutal antropocentrismo donde Dios apenas tiene cabida. Además, la secularización interna en la Iglesia, denunciada por Benedicto XVI y otros pontífices, ha incidido no solamente en lo pastoral, que ya hemos analizado, sino que también en lo que respecta a lo doctrinal.
Ahora bien ¿Qué problemáticas doctrinales existen?. A riesgo de ser poco exhaustivo, podemos determinar la existencia de dos elementos sobre los cuales gira el problema doctrinal: La conciencia de Pecado y la conciencia respecto a los sacramentos.
Podemos ver con frecuencia que la conciencia de pecado es el problema más grave. En la actualidad, muchos católicos desconocen lo que es el pecado y las implicancias del mismo para la vida de la Fe. Ese desconocimiento es principalmente debido a la poca formación que existe hoy en las familias y en la catequesis. Sin embargo existe un aspecto adicional: la auto-justificación, es decir, el cometer pecados en forma consciente, considerándolos como errores menores o simplemente como acciones sin importancia (muchos casos, en consonancia con una moral relajada validada por la sociedad contemporánea). No obstante lo anterior, este aspecto es fundamental para una buena confesión, ya que la conciencia de pecado (es decir, tener absoluta conciencia de que se ha cometido un pecado, leve o grave) constituye la base para un buen examen de conciencia y para la contrición perfecta de los pecados cometidos, siendo ambos elementos fundamentales para el sacramento.
Por otro lado, tenemos que considerar la conciencia existente respecto al Sacramento. Un ejemplo manifiesto se muestra en la expresión “Yo no me confieso con los curas… lo hago directamente con Dios”; tales dichos, proferidos por muchos católicos (y, por desgracia, en aumento), se explican por un desconocimiento generalizado de la práctica del sacramento y de su vital esencia: Muchas veces el cristiano no sabe que el Sacramento de la Confesión consiste en la confesión  de los pecados al sacerdote, quien otorga el perdón de los pecados en nombre de la Trinidad (“Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”). Además, desconoce algunos aspectos relativos a la praxis del sacramento, como la obligación al secreto por parte del ministro y la necesidad de un examen de conciencia y la contrición perfecta de los pecados cometidos.

MisereremeiDeus
O Iesu Christe: Miserere mei.
Como dije anteriormente, el objetivo de este breve análisis no es desentrañar los aspectos teológicos profundos respecto a la praxis actual del sacramento, y estoy consciente de que lo dicho anteriormente es solo una visión muy velada y completamente mejorable de la “actualidad sacramental” relativa a la confesión.
El leiv-motiv de este análisis consiste en la pregunta ¿Qué hacer?. Pues bien, es una pregunta compleja de responder, pero necesaria de abordar desde múltiples miradas en vistas a mejorar la situación actual del sacramento en la vida de la Iglesia.
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En la próxima entrega, hablaremos de las posibles soluciones a las problemáticas doctrinales y pastorales del sacramento. La idea es exponer una serie de acciones que permitan conocer mejor el sacramento y poder entregar herramientas para promover la práctica frecuente de los mismos.-

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