lunes, 30 de marzo de 2009

El Canto Gregoriano... ¿Por qué en latín?

A continuación, por su profundidad y gran acierto, presentamos a nuestros lectores a traducción ofrecida por La Buhardilla de Jerónimo de un artículo de Jeffrey Tucker sobre el latín y la música popular católica, publicado en The New Liturgical Movement.
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Parte de nuestra ambición como ‘schola’ es hacer regresar a la vida de los católicos los himnos populares de todas las épocas. Por eso, este año hicimos el esfuerzo de cantar la antífona mariana para la Cuaresma – Ave Regina Caelorum – cada semana, después de la Comunión. La hemos puesto en el programa cada semana y la hemos cantado sin faltar. Hoy, en la quinta semana, el pueblo se unió al canto como si le fuera propio. Ahora es parte de su experiencia de la fe.
Es probable que algunos hayan tenido en mente la canción en la comida o al hacer deportes por la tarde. Tal vez algunos la cantarán en sus mentes antes de ir a dormir a la noche y quizá la recordarán también por la mañana.
Esto no era así solo unas semanas atrás, cuando prácticamente nadie en la parroquia conocía esta canción. Ahora es una realidad viva en sus vidas y la han agregado al depósito intelectual y estético de su comprensión de lo que constituye la marca de la fe católica. Esta canción se suma a mil otros signos – desde el agua bendita hasta las cuentas del Rosario – de lo que significa ser católico.
Personalmente, esto me es muy satisfactorio. Por supuesto, es sólo un canto. El Libro de Canto parroquial incluye 70 de estos. Hay centenas más que calificarían como música popular. Ojalá todos las conociéramos de memoria.
Entonces empecé a pensar el “por qué”. Después de todo, no se trata de “música ritual”, en el sentido de ser textos de la Misa. Estos himnos no son “propios”, ni partes de los cantos ordinarios de la Misa. Son himnos, y tienen vida propia fuera de los libros litúrgicos. En la Misa, se usan en los momentos en que el ritual se detiene, y estamos experimentando un período de contemplación.
Actualmente, tendemos a considerar a estos cantos como una música de alto calibre, característico de una “celebración solemne”, pero en realidad esto no es históricamente correcto. Esta música ha de ser considerada como la verdadera música popular católica. Tiene sus orígenes en la piedad, enraizados en la expresión popular de nuestra fe, cantados por todos los católicos de todos los tiempos, y su presencia continua durante mil años y más – con algunos de estos cantos pertenecientes al período patrístico – habla de su calidad musical y de su calidad como verdadera expresión del sentido de la fe.
Estas cortas melodías tienen una capacidad especial para unir a las personas en el canto, tema que puede sonar como un cliché hasta que consideramos qué es precisamente lo que los católicos quieren decir con la palabra “unir”. No es una unidad del tipo trivial, perteneciente solamente a aquellos que están presentes en el momento. Raramente se logra ese tipo de unidad en el ambiente parroquial, dada la tendencia natural de los católicos a evitar ser encerrados en actividades grupales. Además, hay que contar con que una cuarta parte de la congregación se resistirá consistentemente a cantar, sin importar cuán convincente sea el cantor o cuán familiar sea el canto.
Por unidad, entonces, queremos significar lo que está unido más allá de las líneas geográficas y nacionales e incluso a través del tiempo, extendiéndose por generaciones y generaciones. Nuestras voces se unen con gente que no conocemos y que no podríamos conocer. Ésta es una forma mística de unidad que prescinde del espacio físico que experimentamos con nuestros sentidos. Sólo podemos imaginarnos a la gente que mil años atrás cantaba estas mismas melodías con las mismas palabras en la misma Misa durante el mismo tiempo litúrgico. No sabemos y no podemos imaginarnos cómo eran sus vidas, qué ropa usaban, qué comían, cómo pensaban y hablaban, cuáles eran sus pruebas y sus problemas, sus gozos y sus temores; pero podemos, después de todo, cantar los mismos cantos que ellos cantaron. Así, nuestra unidad en el canto es una magnífica expresión de lo que significa ser católico, de lo que es ensanchar nuestro pensamiento y nuestra vida más allá de los límites del tiempo y del espacio.
Entonces podemos comprender la importancia del latín. Las melodías están hechas de forma que se acomoden al texto y lo expresen lo más hermosamente posible. Adaptarlas a otro idioma es posible pero esto las despoja de un importante aspecto de unidad, y el canto se convierte en uno diferente, con reminiscencias del original pero no la cosa real. Además, la música es una gran camino para que los católicos post-conciliares superen sus fobias ante el latín.
Pero debemos ir más lejos y preguntar por qué debiera importar que un grupo particular de católicos llegue a conocer un grupo particular de himnos. Es posible que ellos los enseñen a sus hijos, y que el canto viva y se difunda, y entonces habremos hecho una contribución a la continuidad histórica. Pero quizá no lo enseñen a otros. Puede ser que se muden a otra ciudad, o que olviden el canto después de la Cuaresma, y eventualmente, claro está, todos moriremos y nuestra capacidad de transmitir estas canciones morirá con nosotros.
Entonces, ¿por qué hacerlo? Es una cuestión de obligación que todos tenemos de ayudar a hacer la fe tan bella como podamos, en nuestro tiempo y espacio, en la medida en que podamos. Cantamos estos cantos por la misma razón por la que plantamos flores en nuestros jardines y en las jardineras de las ventanas. Las flores, como los cantos, viven sólo por un breve tiempo. Al final se mueren, y si uno no se ocupa, la tierra vuelve a su estado natural, sin flores ni belleza.
¿Por qué plantamos, entonces? Porque la belleza provoca en nosotros un cierto idealismo que mejora el mundo en el que vivimos y nos da un vislumbre de algo glorioso y eterno. Aprendemos de las flores que podemos hacer una contribución a mejorar nuestro mundo, y las flores contribuyen a mejorarnos como personas, dándonos una perspectiva y una imagen más clara de que lo que parece imposible, de hecho es posible. Plantarlas es una forma de entrar en el esfuerzo continuado, hecho por cada generación, de traer color y luminosidad al valle de lágrimas en el que vivimos.

Me gusta pensar sobre el trabajo de un músico en la Iglesia como en la entrada en una corriente de agua que comenzó a brotar al comienzo de la Vida de Cristo. Esta corriente crece y crece con el tiempo, y en ocasiones se frena, pero continúa existiendo y moviéndose solamente hacia delante. Pasamos muy pocos años sobre esta tierra, pero tenemos la oportunidad de formar parte de esta corriente de música, y de hacer una contribución en la transmisión desde el pasado hacia el futuro.

Cuando cantamos estos cantos, nuestras voces se hacen parte de esta agua y de su continuo movimiento. Al hacer esto, los músicos le damos a nuestras vidas un significado que va más allá del tiempo. Tenemos parte en el gran esfuerzo de teñir el mundo con el arte cristiano, un arte que señala a la grandiosa verdad que buscamos y que da sentido a nuestras vidas.
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Para escucha el himno Ave Regina Caelorum, puede encontrar las siguientes versiones, para su descarga en formato Mp3, : [Versión 1]  [Versión 2]
In Christo +
MARCVM

Ave, Regina caelorum,
Ave, Domina Angelorum:
Salve, radix, salve, porta
Ex qua mundo lux est orta:

 
Gaude, Virgo gloriosa,
Super omnes speciosa,
Vale, o valde decora,
Et pro nobis Christum exora.

Salve, reina de los cielos,
Salve, señora de los ángeles,
Salve, raíz santa, 
de quien nació la luz al mundo.
Alégrate, Virgen gloriosa,
entre todas la más bella.
Salve a tí, la más hermosa. 
Ruega a Cristo por nosotros.

sábado, 28 de marzo de 2009

Denuncia los Abusos Litúrgicos.

Una iniciativa que tenía en el tintero desde hace mucho, hoy se hace realidad. He creado, por medio de la tecnología que dispone GoogleDocs, un formulario en el cual los visitantes de este humilde blog, pueden hacer denuncias sobre abusos litúrgicos que existan en sus paises y ciudades. La idea de esto, más allá de denunciarlos a la autoridad competente (i.e. la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos), es hacer una estadística, de manera de identificar los abusos más frecuentes y de crear líneas o directrices de formación y de acción en torno a resolver de manera definitiva estos abusos.
Espero que la iniciativa tenga una buena acogida por parte de mis queridos lectores.
Pueden acceder a este formulario, por medio de la barra instalada en el costado derecho del blog  (haciendo click en la imagen), o bien, haciendo clic 
In Christo +
MARCVM

sábado, 21 de marzo de 2009

"De diversis Quaestionibus" sobre la liturgia


Según el titulo de un hermoso libro de San Agustín, llamado "De diversis Quaestionibus ad Simplicianum", quise comenzar el presente posteo, dado que trataré una amplia gama de temas, desde actualidad eclesial hasta liturgia.

I.- DOMINGO DE "LÆTARE".
Primero, hablaremos del esta Dominica cuarta de Cuaresma, llamada "Laetare", debido a la antífona gregoriana de la Misa, tomada del libro del Profeta Isaías (Is. LXVI, 10): 
Lætare, Jerusalem: et conventum facite omnes qui diligitis eam: gaudete cum lætitia, qui in tristitia fuistis: ut exultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestræ.
Ps. CXXI, 1. Lætatus sum in his, quæ dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus.
Regocíjate, Jerusalén, vosotros, los que la amáis, sea ella vuestra gloria. Llenaos con ella de alegría, los que con ella hicisteis duelo, para mamar sus consolaciones; para mamar en delicia a los pechos de su gloria.
Sal. 121, 1. ¡Qué alegría tan grande la que tuve cuando oí que dijeron: ¡Andando ya, a la casa del Señor!.
Como vemos, la liturgia de este Domingo se ve marcada por la alegría, ya que se acerca el tiempo de vivir nuevamente los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, durante la Semana Santa. Al igual que el tercer Domingo de Adviento ("Gaudete"), se rompe el esquema litúrgico de la Cuaresma, con algunas particularidades:
1.- Predomina el carácter alegre.
2.- Se usa color rosáceo en los ornamentos.
3.- Los ornamentos pueden ser más bellamente adornados.
4.- Los diáconos pueden utilizar dalmática.
5.- Se puede utilizar el Órgano.
En general, son normas plenamente aplicables a ambas formas del rito romano.


2.- LA CONFUSIÓN SOBRE LA EUCARISTÍA.
Una noticia que me impactó, durante esta semana, de manera muy particular, corresponde a la Advertencia que el Santo Padre Benedicto XVI hizo durante una visita de un grupo de participantes de la Asamblea Plenaria de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos. (Los destacados son de nuestra autoría).

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Ciudad del Vaticano.- El Papa Benedicto XVI advirtió hoy la existencia de una 'confusión' sobre el sacramento de la eucaristía como consecuencia de una interpretación reduccionista del Concilio Vaticano II.
El pontífice recibió en audiencia en el Palacio Apostólico a un grupo de participantes en la asamblea plenaria de la Pontificia Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, que analizó el tema en los últimos días.
Al tocar uno de los temas más debatidos en la historia de la Iglesia católica y en los últimos años, el Papa identificó ciertas 'desviaciones' que han 'contaminado' la renovación de la liturgia tras el concilio.
Esa reunión de obispos de todo el mundo que duró de 1962 a 1965 marcó un cambio total de la misa católica permitiendo, entre otras cosas, su celebración en las lenguas originales de los diversos países y no en latín como se pronunciaba antes.
En su mensaje de este viernes, Benedicto XVI ponderó que una interpretación superficial del Concilio Vaticano II ha provocado que algunas ceremonias demuestren una 'comprensión reduccionista del misterio eclesiástico'.
El Papa también sostuvo que durante la misa el pan se convierte, sustancialmente, en el cuerpo de Cristo. Esta doctrina no es reconocida por grupos cristianos llamados 'protestantes' y ha marcado históricas divisiones en la Iglesia.
'La doctrina de la transubstanciación del pan y del vino, de la presencia real son verdad de fe evidente ya en las sagradas escrituras. Pan y vino se convierten en su cuerpo y sangre', insistió.
Agregó que 'en la eucaristía se vive la fundamental transformación de la violencia en amor, de la muerte en vida, ella arrastra después consigo otras transformaciones'.
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Gracias a Dios, el Papa Benedicto XVI ha dado en el clavo: Las interpretaciones reduccionistas, parciales, sesgadas, erróneas, e incluso, forzadas, de los documentos litúrgicos del Concilio ha llevado a la Secularización de la Sagrada Liturgia, y por ende, al desprecio del Misterio Eucarístico del Santo Sacrificio del Altar, pasando a un primer lugar la figura sacerdotal (no "in persona Christi" sino que como "otro más" y la creatividad e improvisación. Ojalá que el Cardenal Cañizares ponga en orden todo lo correspondiente a la Liturgia, para que se ponga fin a la "Masacre Litúrgica" que reina hoy en los abusos litúrgicos.

3.- VISITA DEL PAPA A ÁFRICA Y LA LITURGIA AFRICANA.
Algo que me hizo pensar mucho esta semana y me llamó la atención, fue la alocución del Papa Benedicto XVI en torno al Tema Litúrgico. Claramente en África, amparado en una interpretación reduccionista del Concilio, se han llevado a cabo diversas manipulaciones de la Liturgia, incluyendo ritos propios de los pueblos ("paganos"), dentro de la Liturgia, desviando y disminuyendo el caracter Sagrado propio de la Santa Misa. Leemos la siguiente noticia, tomada del poco serio y muy sensacionalista diario el Clarín de Argentina, en torno al tema:
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Tradicionalmente hostil a las reformas litúrgicas posconciliares que hicieron prevalecer los idiomas y culturas nacionales en la misa, el Papa defendió ayer la liturgia católica frente a las exuberantes y alegres celebraciones africanas. Benedicto XVI restableció el año pasado la misa en latín, aunque aceptó que las misas en general continúen realizándose con el sistema litúrgico reformado que adoptó, en 1970, el Papa Pablo VI.

"Estas celebraciones son festivas y alegres pero es esencial que no sean un obstáculo sino un medio para entrar en diálogo y en comunión con Dios", dijo Benedicto XVI a los 30 obispos de Camerún reunidos para escucharlo en su segunda jornada en Yaundé, la capital del país.
Como ocurrió en otros casos, el Papa expresó su preocupación por la compleja y rica religiosidad africana, que muchas veces incorpora a las ceremonias ritos provenientes de la tradición tribal, integrándolos con la liturgia católica. Afirmó que es necesario que las celebraciones "sean dignas".

Durante los veintitrés años que fue el cardenal defensor de la doctrina católica como estrecho colaborador y "ministro" de Juan Pablo II, Joseph Ratzinger destacó su poca disponibilidad hacia las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II y los cambios que había consagrado Pablo VI. En Camerún, los católicos conforman el 26,7% de la población, o sea alrededor de 4 millones de fieles. El 22% es musulmán y hay cultos tradicionales y animistas africanos.
Pero en los últimos años se han expandido las confesiones protestantes, en su mayoría provenientes de EE.UU., como los pentecostales y los evangélicos. El tema preocupa mucho a la Iglesia africana. En especial por la presencia creciente en Camerún y Angola, el segundo país africano que visitará Benedicto XVI desde mañana, de la brasileña Iglesia Universal del Reino de Dios, que está cosechando muchos nuevos adeptos.
En Camerún existen 250 etnias diferentes y el país se ha visto ensangrentado durante muchos años por los conflictos étnicos. Al respecto, el Papa dijo a los obispos del país que la iglesia "excluye cualquier tipo de etnocentrismo" y que su objetivo es "contribuir a la reconciliación y a la cooperación étnica".
El Papa concluyó su segunda jornada en Africa con la celebración de las vísperas de la fiesta de San José, que es su onomástico (se llama Joseph) , junto a obispos, curas, religiosos y monjas, además de representantes de otras confesiones cristianas.
En su homilía, Benedicto XVI hizo un nuevo llamado a la unidad de los cristianos africanos.
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Claramente observamos una noticia tendenciosa, intentando decir que Benedicto XVI es reacio a los cambios, y que por ello prohibe todo lo que no le gusta. Eso es un ejemplo de la poca sapiencia de quien escribió el artículo, asi como su poca información en torno a la doctrina eclesial.
Sin embargo, lo fundamental está allí: Benedicto XVI busca que la Liturgia sea DIGNA. Y con ello, que se preserve la Sacralidad y Santidad del Santo Sacrificio del Altar.

Espero que con este pequeño resumen de la actualidad de nuestra Iglesia, en el tema litúrgico, puedan informarse un poco mejor, y de la misma manera, puedan reflexionar sobre estos temas en boga. Acepto los comentarios que pudiesen hacer los estimados lectores al respecto.

In Christo +
MARCVM

sábado, 14 de marzo de 2009

La Reforma de la Reforma.

 Nuevamente aparece la frase tan temida por algunos sacerdotes y obispos "católicos" (de donde no se escapan algunos cardenales como Martini S.J., Lehmann, Schönborn, Mahony, entre otros muchos): "LA REFORMA DE LA REFORMA". 
Y es que hoy, en vista de los sucesos que se han desencadenado por el retiro de las excomuniones a los Obispos de la FSSPX, nuevamente se pone en el ojo del huracán el tema de la Liturgia.
Ahora es Mons. Ranjith, Secretario de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, que en el prólogo de la edición inglesa del libro “El Cardenal Ferdinando Antonelli y el desarrollo de la reforma litúrgica desde 1948 hasta 1970” de Mons. Nicola Giampietro. A continuación, colocamos el texto completo de este prólogo, traducido por el destacado blog La Buhardilla de Jerónimo, debido a su gran importancia, su vigencia, y su clara impronta dentro de la linea trazada por el Papa Benedicto XVI, en torno a la Hermenéutica de la Continuidad.
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¿Hasta qué punto la reforma litúrgica post-conciliar refleja en verdad a la “Sacrosanctum Concilium”, la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia? Esta es una cuestión que a menudo ha sido debatida en los círculos eclesiásticos desde el mismo momento en que el Consilium ad Exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia culminó su trabajo. En las últimas dos décadas, ha sido debatida incluso con mayor intensidad. Y mientras algunos han sostenido que lo realizado por el Consilium estuvo en línea con aquel gran documento, otros se han mostrado totalmente en desacuerdo.

En la búsqueda de una respuesta a esta cuestión, debemos tener en cuenta la atmósfera turbulenta de los años que siguieron inmediatamente al Concilio. En su decisión de convocar el Concilio, el Papa Juan XXIII había deseado que la Iglesia se preparara para el nuevo mundo que estaba emergiendo tras la desgracia de los desastrosos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Él previó proféticamente el surgimiento de una fuerte corriente de materialismo y secularismo a partir de las orientaciones nucleares de la era precedente, que había estado marcada por el espíritu de la ilustración, y en la que los valores tradicionales de la antigua visión del mundo ya habían comenzado a ser sacudidos. La revolución industrial, junto con sus tendencias filosóficas antropocéntricas y subjetivistas, especialmente las derivadas de la influencia de Kant, Hume y Hegel, llevaron al surgimiento del marxismo y del positivismo. Esto también provocó la aparición de la crítica bíblica, relativizando hasta cierto punto la veracidad de las Sagradas Escrituras, lo que por su parte tuvo influencias negativas en la teología, generando una actitud que cuestionaba la objetividad de la Verdad establecida y la utilidad de defender las tradiciones e instituciones eclesiásticas. Algunas escuelas de teología se atrevieron incluso a cuestionar doctrinas básicas de la Iglesia. En realidad, el Modernismo ya había sido anteriormente una fuente de peligro para la fe. Es en este escenario que el Papa Juan XXIII sintió que necesitaban encontrarse respuestas más convincentes.

El llamado del Papa a un aggiornamento asumió entonces el carácter de una búsqueda de fortificación de la fe, en orden a hacer más efectiva la misión de la Iglesia y ser capaces de responder convincentemente a estos desafíos. No fue, ciertamente, un llamado a caminar según el espíritu de los tiempos, un ponerse pasivamente a la deriva, ni tampoco un llamado a realizar un nuevo comienzo de la Iglesia, sino un llamado a hacer que el mensaje del Evangelio sirviera de mayor respuesta a las cuestiones difíciles que la humanidad enfrentaría en la era post-moderna. El Papa explicaba el ethos detrás de su decisión cuando declaró: “hoy, la Iglesia está siendo testigo de una crisis dentro de la sociedad. Al tiempo que la humanidad está al borde de una nueva era, aguardan a la Iglesia tareas de una inmensa gravedad y amplitud, como en los más trágicos períodos de su historia. Es cuestión, en definitiva, de poner al mundo moderno en contacto con las energías vivificantes y perennes del Evangelio… a la vista de un doble espectáculo – un mundo que revela una grave pobreza espiritual, y la Iglesia de Cristo, que aún vibra con vitalidad - nosotros… hemos sentido inmediatamente la urgencia del deber de convocar a nuestros hijos para dar a la Iglesia la posibilidad de contribuir más eficazmente a la solución de los problemas de la era moderna” (Constitución Apostólica “Humanae Salutis”, 25 de diciembre de 1961). El Papa continuaba: “el Concilio que se aproxima se reunirá en un momento en el que la Iglesia encuentra muy vivo el deseo de fortificar su fe y de contemplarse a sí misma en su propia sobrecogedora unidad. Al mismo tiempo, siente urgente el deber de dar una mayor eficiencia a su sana vitalidad y de promover la santificación de sus miembros, la difusión de la Verdad revelada, la consolidación de sus organismos” (ibíd.).

Entonces, el Concilio fue básicamente una llamada a un fortalecimiento de la Iglesia desde adentro en orden a prepararla mejor para su misión en medio de las realidades del mundo moderno. Subyacente a estas palabras, estaba también el sentido de estima que el Papa sentía hacia lo que la Iglesia ya era entonces. Las palabras “vibrante con vitalidad” usadas por el Papa para definir el status de la Iglesia en aquel momento, no dejan ver, por cierto, ningún sentido de pesimismo, como si el Papa despreciara el pasado o lo que la Iglesia había conseguido hasta entonces. Es por esto que no se puede pensar justificadamente que, con el Concilio, el Papa haya llamado a un nuevo comienzo. Tampoco fue un llamado a la Iglesia a “des-clasificarse” a sí misma, cambiando o abandonando totalmente sus tradiciones antiquísimas, quedando, por así decir, absorbida por la realidad del mundo que la rodea. De ninguna forma se pidió el cambio por el cambio en sí sino sólo en orden a fortalecer y preparar mejor a la Iglesia para enfrentarse con los nuevos desafíos. En resumen, el Concilio nunca fue llamado a ser una aventura sin rumbo. Se quiso que fuera una experiencia verdaderamente pentecostal.

Aún así, y no obstante lo mucho que los Papas que guiaron este evento insistieron en la necesidad de un verdadero espíritu de reforma, fiel a la naturaleza esencial de la Iglesia, e incluso cuando el Concilio mismo produjo tan bellas reflexiones teológicas y pastorales como Lumen Gentium, Dei Verbum, Gaudium et Spes y Sacrosanctum Concilium, lo que sucedió fuera del Concilio – especialmente dentro de la sociedad en su conjunto y al interno de su círculo de liderazgo filosófico y cultural – comenzó a influenciar negativamente a la Iglesia, creando tendencias que fueron dañinas para su vida y su misión. Estas tendencias, que en ocasiones fueron incluso representadas más virulentamente por ciertos círculos de dentro de la Iglesia, no estaban necesariamente conectadas con las orientaciones o las recomendaciones de los documentos del Vaticano II. Pero de todas formas fueron capaces de sacudir los fundamentos de la fe y de las enseñanzas de la Iglesia en una medida sorprendente. La fascinación de la sociedad con un exagerado sentido de la libertad individual y su inclinación al rechazo de lo permanente o absoluto, junto con otros pensamientos mundanos, tuvieron influencia en la Iglesia, y a menudo fueron justificados en nombre del Concilio. Esta visión también relativizó la Tradición, la veracidad de la doctrina desarrollada, y tendió a idolizar todo lo nuevo. Contenía consigo fuertes tendencias favorables al relativismo y al sincretismo religioso. Para ellos, el Concilio tenía que ser una suerte de nuevo comienzo para la Iglesia. El pasado había terminado su curso. Conceptos básicos y temas como el Sacrificio y la Redención, la misión, la proclamación y la conversión, la adoración como un elemento integral de la Comunión, y la necesidad de la Iglesia para la salvación – todos fueron dejados de lado; mientras que el diálogo, la inculturación, el ecumenismo, la Eucaristía como “Banquete”, la evangelización como “testimonio”, etc., se tornaron más importantes. Fueron despreciados valores absolutos.

El Cardenal Joseph Ratzinger se refirió a este siempre creciente espíritu de relativismo: para él, al verdadero Concilio “se contrapuso, ya durante las sesiones y con mayor intensidad en el período posterior, un sedicente «espíritu del Concilio», que es en realidad su verdadero «antiespíritu». Según este pernicioso anti-espíritu (Konils-Ungeist en alemán), todo lo que es «nuevo»… sería siempre en cualquier circunstancia mejor que lo que se ha dado en el pasado o lo que existe en el presente. Es el antiespíritu, según el cual la historia de la Iglesia debería comenzar con el Vaticano II, considerado como una especie de punto cero” (Informe sobre la fe, 1985). El Cardenal descartaba esta visión como falsa ya que “el Vaticano II no quería ciertamente «cambiar» la fe sino reproponerla de manera eficaz” (ibíd.). También afirmaba que, de hecho, “el Concilio no siguió el derrotero que Juan XXIII había esperado”. Y declaraba que “es necesario también reconocer que – al menos hasta ahora – no ha sido escuchada la plegaria del papa Juan para que el Concilio significase un nuevo salto adelante, una vida y una unidad renovadas para la Iglesia” (ibíd.). Éstas son palabras duras, pero yo diría también muy verdaderas, ya que el espíritu de una exagerada libertad teológica apartó, por así decirlo, al mismo Concilio de sus metas declaradas.

El Consilium ad Exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia tampoco estuvo exento de ser influenciado por este incontenible maremoto del llamado deseo de “cambio” y “apertura”. Posiblemente, algunas de las mencionadas tendencias relativizantes influenciaron también a la Liturgia, minando la centralidad, la sacralidad y el sentido del misterio, y también minando el valor de aquello que la vida litúrgica eclesial había llegado a ser mediante la continua acción del Espíritu Santo en la bimilenaria historia de la Iglesia. Un exagerado sentido de búsqueda de lo antiguo, el antropologismo, la confusión de los roles entre los ordenados y los no ordenados, una ilimitada provisión de espacio para la experimentación – y, de hecho, la tendencia a mirar con suficiencia algunos aspectos de la evolución de la liturgia en el segundo milenio – fueron cada vez más visibles entre ciertas escuelas litúrgicas.

Los liturgistas también tendieron a seleccionar aquellas secciones de la Sacrosanctum Concilium que parecían dar más cabida al cambio o a la novedad, ignorando las demás. Por otra parte, existía un enorme sentido de prisa por efectuar y legalizar los cambios. Se tendió a dar mucho espacio a una forma de mirar a la Liturgia demasiado horizontal. Las normas del Concilio que tendían a restringir tal creatividad, o que eran favorables a “la forma tradicional”, parecieron ser ignoradas. Peor aún, algunas prácticas que Sacrosanctum Concilium no había ni siquiera contemplado fueron permitidas en la liturgia, como la Misa versus populum, la Santa Comunión en la mano, el dejar de lado tanto el latín como el canto gregoriano en favor de cantos e himnos en vernáculo sin mucho espacio para Dios, y la extensión más allá de cualquier límite razonable de la facultad de concelebrar en la Santa Misa. También hubo una extremadamente mala interpretación del principio de “participación activa” (actuosa participatio).

Todo esto tuvo su efecto en la obra del Consilium. Aquellos que guiaron el proceso de cambio, tanto dentro del Consilium como luego en la Sagrada Congregación de Ritos, estuvieron ciertamente influenciados por todas estas tendencias novedosas. No todo lo que ellos introdujeron fue negativo. Mucho del trabajo realizado fue digno de elogio. Pero también se dejó mucho espacio para la experimentación y para la interpretación arbitraria. Estas “libertades” fueron explotadas hasta su máxima expresión por algunos “expertos” litúrgicos, lo que condujo a demasiada confusión. El Cardenal Ratzinger explica cómo “uno se estremece ante el rostro deslucido de la liturgia post-conciliar como ha llegado a ser, o uno se aburre con su banalidad y su falta de standards artísticos…” (La Fiesta de la Fe, 1986). Esto no es para dejar toda la responsabilidad de lo sucedido únicamente en los miembros del Consilium, pero algunas de sus aproximaciones eran “débiles”. De hecho, hubo un espíritu general de “ceder” acríticamente en ciertos puntos al espíritu de muchedumbre entusiasta de la época, incluso dentro de la Iglesia, más visiblemente en algunos sectores y regiones geográficas. Algunos de los que tenían autoridad en la Sagrada Congregación de Ritos también mostraron signos de debilidad en este asunto. Se concedieron demasiados indultos sobre ciertos requerimientos de las normas.

Naturalmente, el “espíritu de libertad” al que algunos sectores de peso en la Iglesia dieron rienda suelta en nombre del Concilio, incluso haciendo vacilar a los que tomaban decisiones importantes, condujo a mucho desorden y confusión, algo que no buscaron ni el Concilio ni los Papas que lo guiaron. La triste afirmación del Papa Pablo VI durante la tormentosa década del ’70, “el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia” (Homilía del 29 de junio de 1972, Fiesta de San Pedro y San Pablo), o sus comentarios acerca de las excusas de algunos para impedir la evangelización “sobre la base de ciertas enseñanzas del Concilio” (Evangelii Nuntiandi 80) muestran cómo este anti-espíritu del Concilio hizo más dolorosas sus labores.

A la luz de todo esto, y de algunas consecuencias problemáticas para la Iglesia hoy, es necesario descubrir cómo emergió la reforma litúrgica post-conciliar, y que figuras o actitudes causaron la presente situación. Es una necesidad a la que, en nombre de la verdad, no podemos renunciar. El Cardenal Ratzinger analizó así la situación: “estoy convencido de que la crisis que estamos experimentando en la Iglesia se debe en gran medida a la desintegración de la Liturgia… cuando la comunidad de fe, la unidad de la Iglesia en todo el mundo y su historia, y el misterio de Cristo Vivo no son ya visibles en la Liturgia, ¿dónde más va a ser la Iglesia visible en su esencia espiritual? Entonces, la comunidad se celebra solamente a sí misma, una actividad que es completamente infructuosa” (Joseph Ratzinger, “Memorias”, 1998). Como decíamos antes, cierta debilidad por parte de aquellos responsables y la atmósfera de relativismo teológico, junto con el sentido de fascinación por la novedad, el cambio, el antropocentrismo, el acento en la subjetividad y el relativismo moral, además de la noción de libertad individual que caracterizó a la sociedad en su conjunto, minaron los valores establecidos de la fe y causaron este deslizamiento hacia la anarquía litúrgica sobre la que hablaba el Cardenal.

Las notas escritas por el Cardenal Antonelli toman, entonces, nueva significación. El Cardenal Antonelli, uno de los miembros más eminentes y más cercanamente involucrados del Consilium que supervisó el proceso de reforma, puede ayudarnos a comprender las polarizaciones internas que influenciaron en las distintas decisiones de la reforma y puede ayudarnos también a tener el coraje de mejorar o cambiar lo que fue introducido erróneamente y que parece ser incompatible con la verdadera dignidad de la Liturgia. El Padre Antonelli ya había sido miembro de la Pontificia Comisión para la Reforma Litúrgica creada por el Papa Pío XII el 28 de mayo de 1948. Fue esta comisión la que trabajó en la reforma de la Liturgia de la Semana Santa y de la Vigilia Pascual, reforma que fue tratada por la misma con mucho cuidado. Esa misma comisión fue reconstituida por el Papa Juan XXIII en mayo de 1960 y, tiempo después, el Padre Antonelli formó parte del grupo que trabajó en la redacción de Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium. Por todo esto, él estuvo muy cercanamente involucrado en el trabajo de reforma desde sus mismos principios.

Con todo, su rol en el movimiento de reforma parece haber sido en gran parte desconocido hasta que el autor de este libro, “El Cardenal Ferdinando Antonelli y el desarrollo de la reforma litúrgica desde 1948 hasta 1970”, Monseñor Nicola Giampietro, tuvo acceso a sus notas personales y decidió presentarlas en un estudio. Este estudio, que fue también la disertación para el doctorado de Monseñor Giampietro en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo en Roma, nos ayuda a comprender los complejos trabajos internos de la reforma litúrgica previos e inmediatamente posteriores al Concilio. Las notas del Cardenal Antonelli revelan a un gran hombre de fe y de la Iglesia que se esfuerza por conformarse con algunas de las corrientes que influenciaron el trabajo del Consilium ad Exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia. Lo que escribió en este diario revela cándidamente sus sentimientos de gozo pero también de dolor y a veces de miedo ante la forma en que las cosas se estaba haciendo, las actitudes de algunos de los personajes principales, y el sentido aventurero que caracterizó a algunos de los cambios que fueron introducidos. Éste libro está bien hecho. Ha sido citado por el mismo Cardenal Joseph Ratzinger en un artículo que escribió en la bien conocida revista litúrgica “La Maison-Dieu”, titulado “Respuesta del Cardenal Ratzinger al Padre Gy” (La Maison-Dieu, 230, 2002/2, p. 116). Sobre todo, es un oportuno estudio que nos ayudará a ver el otro lado de las presentaciones más que eufóricas de la reforma conciliar por parte de otros autores contemporáneos.

La publicación en inglés de este interesante estudio contribuirá grandemente, estoy seguro, al ya existente debate sobre la reforma litúrgica post-conciliar. Lo que más claro queda al lector de este estudio es lo que el Cardenal Joseph Ratzinger declaró: “el verdadero tiempo del Vaticano II aún no ha llegado” (Informe sobre la fe, 1985). La reforma debe continuar. Una necesidad inmediata parece ser la reforma del Misal reformado de 1969, dado que un número de cambios que se originaron con la reforma post-conciliar parecen haber sido introducidos con precipitación e irreflexivamente, como declara repetidamente el mismo Cardenal Antonelli. Se necesita corregir la dirección, para que los cambios se hagan verdaderamente en línea con la misma Sacrosanctum Concilium, y se debe ir incluso más lejos, según el espíritu de nuestro propio tiempo.

Y lo que nos impele a tales cambios no es meramente el deseo de corregir los errores pasados sino la necesidad de ser fieles a lo que la Liturgia es y significa para nosotros, y a lo que el Concilio mismo definió que la liturgia es. Porque, como declaró el Cardenal Ratzinger, “la cuestión de la Liturgia no es periférica: el Concilio mismo nos recuerda que en ésta tratamos con el corazón mismo de la fe cristiana” (ibíd.). Lo que necesitamos hoy es no sólo comprometernos en una honesta valoración de lo que sucedió sino también tomar decisiones audaces y valientes para poner el proceso en movimiento. Necesitamos identificar y corregir las orientaciones y decisiones erróneas, apreciar con coraje la tradición litúrgica del pasado, y asegurar que la Iglesia redescubra las verdaderas raíces de su riqueza y grandeza espiritual, incluso si eso significa reformar a la misma reforma, asegurado así que la Liturgia se transforme verdaderamente en la “expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra” (Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Post-sinodal Sacramentum Caritatis, del 22 de febrero del 2007, 35).

Arzobispo Malcolm Ranjith
Secretario de la Cong. para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

8 de Diciembre 2008, Fiesta de la Inmaculada Concepción de María.
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 Como podemos ver, el texto es muy claro y preciso, e incluso, expone una necesidad de Reformar la reforma litúrgica de 1969, de manera que sea más fiel a la Constitución de Liturgia "Sacrosanctum Concilium".
Al parecer, se está cumpliendo el querer de los Cardenales Ottavianni y Bacci (férreos opositores a algunos puntos del Concilio en materia de liturgia, en conjunto con el Coetus Internationalis Patrum), de hacer una verdadera reforma, tomando en cuenta la continuidad de la Tradición de la Iglesia.

Pidamos a Dios que su Santo Espíritu auxilie y acompañe a S.S. Benedicto XVI y a la Curia Romana, que buscan hacer realidad el verdadero querer del Concilio, y no las interpretaciones simplistas y sesgadas de estos últimos tiempos. Claramente, el Papa Benedicto XVI está llamado a llevar a cabo esta titánica misión, que incluye muchas decepciones, que ya se están manifestando en algunos sectores de la Iglesia, en especial, entre los que se hacen llamar Católicos Izquierdistas, que todo de izquierdistas y nada de católicos.

Ha llegado el tiempo de limpiar el nombre del Concilio Vaticano II, y de "sanear" la Liturgia de elementos y abusos introducidos a ella.

In Christo +
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jueves, 12 de marzo de 2009

La magnánima Carta de S. S. Benedicto XVI.

Presentamos a continuación la Carta de S.S. Benedicto XVI a todos los Obispos sobre el levantamiento de las excomuniones a los Obispos de la FSSPX, ordenados por Mons. Lefevbre en 1988. La traducción al Español es cortesía del VIS (Vatican Information Service). Los énfasis y [comentarios] son de nuestra autoría.
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Queridos Hermanos en el ministerio episcopal.
La remisión de la excomunión a los cuatro Obispos consagrados en el año 1988 por el Arzobispo Lefebvre sin mandato de la Santa Sede, ha suscitado por múltiples razones dentro y fuera de la Iglesia católica una discusión de una vehemencia como no se había visto desde hace mucho tiempo. Muchos Obispos se han sentido perplejos ante un acontecimiento sucedido inesperadamente y difícil de encuadrar positivamente en las cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy. A pesar de que muchos Obispos y fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente la disposición del Papa a la reconciliación, a ello se contraponía sin embargo la cuestión sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en cambio, acusaban abiertamente al Papa de querer volver atrás, hasta antes del Concilio [Entre esos grupos se cuentan los obispos alemanes, los obispos austríacos, algunos cardenales, y otros muchos clérigos de nuestra iglesia]. Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento. Por eso, me siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos Hermanos, una palabra clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones que me han guiado en esta iniciativa, a mí y a los organismos competentes de la Santa Sede. Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.
Una contrariedad para mí imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la remisión de la excomunión. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos, ordenados válidamente pero no legítimamente, apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia. Una invitación a la reconciliación con un grupo eclesial implicado en un proceso de separación, se transformó así en su contrario: un aparente volver atrás respecto a todos los pasos de reconciliación entre los cristianos y judíos que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos y promovidos desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal teológico. Que esta superposición de dos procesos contrapuestos haya sucedido y, durante un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y judíos, así como también la paz dentro de la Iglesia, es algo que sólo puedo lamentar profundamente. Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias. Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque. Justamente por esto doy gracias a los amigos judíos que han ayudado a deshacer rápidamente el malentendido y a restablecer la atmósfera de amistad y confianza que, como en el tiempo del Papa Juan Pablo II, también ha habido durante todo el período de mi Pontificado y, gracias a Dios, sigue habiendo.
Otro desacierto, del cual me lamento sinceramente, consiste en el hecho de que el alcance y los límites de la iniciativa del 21 de enero de 2009 no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación. La excomunión afecta a las personas, no a las instituciones. Una ordenación episcopal sin el mandato pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción más dura, la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía. La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno. Este gesto era posible después de que los interesados reconocieran en línea de principio al Papa y su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su autoridad doctrinal y a la del Concilio. Con esto vuelvo a la distinción entre persona e institución. La remisión de la excomunión ha sido un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica: las personas venían liberadas del peso de conciencia provocado por la sanción eclesiástica más grave. Hay que distinguir este ámbito disciplinar del ámbito doctrinal. El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia. [Los miembros de la FSSPX son parte de la Iglesia, asi como sus Obispos, sin embargo, no tienen aún una regularización de la situación canónica, en el caso de los clérigos. Es lo que hemos insistido en muchas ocasiones.]
A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión "Ecclesia Dei", institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. Los organismos colegiales con los cuales la Congregación estudia las cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reunión de los Cardenales el miércoles y la Plenaria anual o bienal) garantizan la implicación de los Prefectos de varias Congregaciones romanas y de los representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de tomar. No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive. [Esta es la fuerte y enérgica respuesta del Papa a todos los que se consideran "intérpretes del concilio", y a los que creen que la Iglesia existe solo desde el concilio.]
Espero, queridos Hermanos, que con esto quede claro el significado positivo, como también sus límites, de la iniciativa del 21 de enero de 2009. Sin embargo, queda ahora la cuestión: ¿Era necesaria tal iniciativa? ¿Constituía realmente una prioridad? ¿No hay cosas mucho más importantes? Ciertamente hay cosas más importantes y urgentes. Creo haber señalado las prioridades de mi Pontificado en los discursos que pronuncié en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo de manera inalterable mi línea directiva. La primera prioridad para el Sucesor de Pedro fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: "Tú... confirma a tus hermanos" (Lc 22,32). El mismo Pedro formuló de modo nuevo esta prioridad en su primera Carta: "Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 Pe 3,15). En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.
Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes. En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al testimonio común de fe de los cristianos -al ecumenismo- está incluido en la prioridad suprema. A esto se añade la necesidad de que todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la fuente de la Luz. En esto consiste el diálogo interreligioso. Quien anuncia a Dios como Amor "hasta el extremo" debe dar testimonio del amor. Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la dimensión social de la fe cristiana, de la que hablé en la Encíclica Deus caritas est.
Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre) la auténtica prioridad para la Iglesia, entonces también forman parte de ella las reconciliaciones pequeñas y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota. Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y reintegrar  a sus eventuales partidarios -en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias? ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto? Yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?
Ciertamente, desde hace mucho tiempo y después una y otra vez, en esta ocasión concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunción, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso no debe la gran Iglesia permitirse ser también generosa, siendo consciente de la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ¿No debemos como buenos educadores ser capaces también de dejar de fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces? ¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se ha dado alguna salida de tono? [Una clarísima alusión a las declaraciones de los Cardenales y Obispos rebeldes con esta iniciativa del Papa, que creen tener la autoridad de cuestionar las decisiones del Sumo Pontífice]. A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele -en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas.
Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: "No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente". Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este "morder y devorar" existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada.  ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor? En el día en que hablé de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de la Virgen de la Confianza. En efecto, María nos enseña la confianza. Ella nos conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. Él nos guiará, incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han asegurado sus oraciones. Este agradecimiento sirve también para todos los fieles que en este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al Sucesor de San Pedro. El Señor nos proteja a todos nosotros y nos conduzca por la vía de la paz. Es un deseo que me brota espontáneo del corazón al comienzo de esta Cuaresma, que es un tiempo litúrgico particularmente favorable a la purificación interior y que nos invita a todos a mirar con esperanza renovada al horizonte luminoso de la Pascua.
Con una especial Bendición Apostólica me confirmo

Vuestro en el Señor

BENEDICTUS  PP. XVI

Vaticano, 10 de marzo de 2009.
 ***
Y Claramente, las reacciones no tardaron en aparecer. Antes de que fuera publicada oficialmente la carta, los Obispos alemanes dieron respuesta a este mensaje del Santo Padre, mensaje que puede ser visto en el blog Secretum Meum Mihi. Y claramente no se dan por aludidos, con las fuertes palabras que le dirige el Papa a estos obispos que cuestionaron su autoridad y su gesto de unidad. Mejor que hubieran mantenido el silencio.
Recientemente se ha publicado una respuesta por parte del Superior de la FSSPX, Mons. Bernard Fellay, en relación a esta carta del Papa. Tal respuesta puede ser visitada en el Blog La Buhardilla de Jerónimo. Nos limitamos a citar un pequeño párrafo que expresa de manera sencilla y muy satisfactoria, la voluntad de regularizar su situación canónica y de colaborar en aclarar todos los puntos conflictivos que puedan surgir:
Lejos de querer detener la Tradición en 1962, deseamos considerar el Concilio Vaticano II y el Magisterio post-conciliar a la luz de esta Tradición que san Vicente de Lérins ha definido como “lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos” (Commonitorium), sin ruptura y en un desarrollo perfectamente homogéneo. Así es como podremos contribuir eficazmente a la evangelización pedida por el Salvador (cfr. Mateo 28, 19-20).
 Creo que ya todo está dicho. Definitivamente ha comenzado el término de este impasse entre Roma y la FSSPX, que esperamos termine en la regularización canónica de los clérigos de esta fraternidad.
Hoy, como nunca, HABEMUS PAPAM!

miércoles, 4 de marzo de 2009

¿El Concilio es el culpable?

 
Participando de los Foros de Catholic.net, estuve enfrascado en una discusión sobre el Concilio Vaticano II, los miembros de la FSSPX (llamados "Lefebvristas"), y sobre S.S. Benedicto XVI. Sabemos que la combinación de estos tres temas, hoy por hoy en boca de todos (tanto de fieles como infieles), es complicada de analizar. Sin embargo, y después de un holgado y desarrollado análisis, sostengo la siguiente premisa, que creo que es correcta a plenitud. Sin embargo, dejo a criterio de los estimados lectores de este pequeño espacio en la red, para que puedan expresar su opinión respecto al tema.
[...] el culpable claramente no es el concilio, sino el mal uso de las libertades.

Este mal uso de las libertades llevó al "Consilium" (la comisión que "armó" la reforma litúrgica) a romper con la continuidad de la Liturgia, asegurando que el Concilio Vaticano II quería "renovar" (en palabras de Bugnini: Una nueva creación), en vez de lo que realmente se quería hacer: adaptar la liturgia a los nuevos desafíos de la Iglesia.  Esto último es patente en el hecho de que el Documento del Concilio Vaticano II de liturgia, Sacrosanctum Concilium, no habla en ningun momento de la Comunión en la mano (concesión que es MUY posterior al concilio), o la Misa de "cara a los fieles", que claramente ha sentado un precedente, al originar que se pierda la Orientación litúrgica hacia Dios., entre otros problemas.

También el mal uso de las libertades ha llevado a los "pseudoecuménicos" a buscar una especie de Acuerdo entre "religiones" (nótese que religiones no es correcto, ya que la única y verdadera religión es el Cristianismo), y también, una especie de adaptación de la Iglesia a diversos comportamientos de otras sectas, al borde de la misma herejía (por no decir, hasta más allá de la herejía).

Al punto que quiero llegar es el hecho de que, el Concilio Vaticano II es eminentemente pastoral, en palabras de un pontífice (si bien recuerdo, es S.S. Juan XXIII), que claramente busca hacer frente a los problemas actuales, ha sido MALINTERPRETADO: ya sea por interpretaciones simplistas, carentes de fe, hasta algunas parciales y acomodadas al propio pensamiento (al gusto del consumidor), lo que pone en peligro el mismo "Depositum Fidei" [...]
Quizás, lo único que podría reprocharse al concilio, es el tema de dejar muchos temas abiertos, o en una especie de inexactitud, lo que deja la puerta abierta a las malas interpretaciones (y es que, como dijo S.S. Pablo VI, el Humo de Satanás está dentro de la Iglesia, y se manifiesta patentemente en este tipo de acciones: las interpretaciones erradas y discontinuas con la tradición de la Santa Iglesia).
Y es por eso que el Papa, para evitar el surgimiento de nuevas interpretaciones anómalas, nos invita a una hermenéutica de la continuidad, es decir, analizar e interpretar al concilio en continuidad con la bimilenaria tradición de la Santa Iglesia.
[...] 
Debo hacer, sin embargo, algunas aclaraciones, en torno a que de ninguna forma estoy poniendo en duda la validez sacramental de la Misa reformada después del Concilio, ya que es la Santa Misa con la que he crecido y me he formado. Sin embargo, destaco solo la necesidad, que el mismo Papa Benedicto XVI ha planteado, de enriquecer mutuamente a las formas del rito Romano, en especial, la forma Ordinaria.
Espero vuestros comentarios.

In Christo +
MARCVM