jueves, 26 de diciembre de 2013

No se debe aplaudir en las Iglesias...


 Quisiera tratar, en el presente artículo, de uno de los gestos no litúrgicos más comunes en las parroquias y templos de la actualidad: Los aplausos. Este tema, que muchas veces pasa desapercibido o como algo meramente natural (tanto así que existen una serie de “apologías” al aplauso en el entorno litúrgico, como la publicada por Infovaticana [cuya fuente es la Archidiócesis de León (México)]). Al respecto, me gustaría hacer una apología de lo contrario, es decir, de porqué los aplausos no son elementos litúrgicos y la razón por la cual deberían ser eliminados (mediante una adecuada catequesis). Este artículo es una respuesta directa al aludido artículo antes citado, y por ende, hace una paráfrasis de muchos de sus textos. Por caridad, no se considere este texto un ataque directo, sino más bien una réplica que intenta profundizar en el sentido más fundamental de la liturgia misma. Estoy totalmente dispuesto a seguir la reflexión sobre estos temas, por lo que si alguien quiere realizar alguna réplica a este artículo, estoy absolutamente dispuesto a publicar en este mismo espacio dicha réplica (con la consecuente dúplica de mi parte).
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En muchas ocasiones se valida el uso de los aplausos en la Liturgia (principalmente, durante la Santa Misa), con argumentos como, por ejemplo, “el espíritu humano sintió que era apropiado y necesario expresar la admiración por estas personas de una manera pública y audible, y por eso todos respondieron con un espontáneo aplauso”, refiriéndose a los ritos de exequias de los papas Pablo VI y Juan Pablo I. Salta a la vista la incompatibilidad de este gesto con la Liturgia: “apreciar admiración por las personas”. Y si profundizamos un poco más, sabemos que los aplausos se concitan en momentos diversos, como por ejemplo, al final de un matrimonio, bautizo, primera comunión, ordenación in sacris (diácono, sacerdote, obispo), elecciones de abades, profesiones religiosas, fiestas solemnes (como en Navidad o Pascua), en la visita pastoral del obispo a parroquias, en las bienvenidas/despedidas de un párroco o vicario cooperador. Y un largo etcétera acompaña a las anteriores. Sin embargo, todas con un común denominador: es un gesto de cariño o aclamación hacia personas en concreto. ¿No es el Santo Sacrificio de la Misa, el culto supremo (y el único agradable) a DIOS? ¿No debería ser Dios el centro de todo?

El problema, por tanto, es más profundo aún.

Analicemos algunas razones que parecerían justificar el uso de los aplausos (entre otros gestos corporales externos, como el baile) en la liturgia. Por ejemplo, se hace alusión al salmo 46 (47), que dice “Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo”. Otras razones aducen, por ejemplo, que es tradición religiosa expresar la alegría y emoción en las celebraciones. Sin embargo, esta supuesta tradición no es tal. La “emocionalidad” litúrgica o "sentimentalismo" litúrgico (perdone usted este nuevo concepto) es, sin duda, un aspecto relativamente reciente en la historia de la Liturgia (aunque no es descabellado pensar que ha estado marginalmente presente a lo largo de los siglos). Esta emocionalidad ha sido desgraciadamente potenciada en los últimos 50 años por el espíritu post-conciliar de eterna creatividad y novedad, sustancialmente diferente a la opinión de los padres conciliares. Bajo este punto de vista, se ha vuelto común incorporar elementos externos a la Liturgia, muy frecuentemente extraídos del ámbito mundano, para agregar una cuota de sentimentalismo e innovación a algo que se considera “rígido y poco adecuado a nuestros tiempos”. Algunos ejemplos de ello lo encontramos en acciones como los shows de teatro para reemplazar las lecturas y/o evangelio de la Misa; los cantos paganos o anti-litúrgicos, cantar el “Cumpleaños Feliz” o “Las Mañanitas” (cantos populares para celebrar cumpleaños) para celebrar al obispo, sacerdote, diácono, sacristán, o persona cualquiera, además del Niño Dios para la Solemnidad de la Navidad del Señor, la presentación de “ofrendas” de lo más variopinto: macetas, libros, velas, piedras, granos, semillas, tierra, papeles, e incluso un bebé, entre otras muchas acciones sentimentalistas cuya importancia se iguala a la de contar partículas de polvo sobre los manteles del altar.

Para no seguir extendiendo este artículo, me referiré a 2 puntos que considero importantes de tomar en cuenta del texto que es objeto de nuestro estudio:

En la primera, se presenta la “Aclamación”, que es precisamente de la cual el aplauso constituye un ejemplo pagano y extra-litúrgico. Dice el citado artículo: “Los libros litúrgicos romanos reconocen que hay ciertos momentos durante la celebración que piden una respuesta entusiasta de la asamblea, una respuesta a menudo llamada “aclamación” en las rúbricas. Por desgracia, la típica aclamación de asentimiento, la palabrita “amén”, normalmente es “musitada”, más que “gritada” como aclamación, tal vez debido a un sentimiento cultural de que las iglesias no son lugares apropiados para hablar en voz alta.” 

Corresponde realizar algunas observaciones. Primero, que las aclamaciones no son respuestas “entusiastas”, sino que son expresiones propias de quien asiste a la Sagrada Liturgia y que, por ende, son una aclamación a la Gloria de Dios por su grandeza y longanimidad. Así mismo, la aclamación está en el contexto de una liturgia que está unida indisolublemente a la Liturgia Celestial. Por lo mismo, la respuesta litúrgica no es una expresión del ser humano, sino que una expresión de la Iglesia en cuanto Cuerpo Místico de Cristo que se asocia a la Divina Liturgia. Por ende, para nadie debería ser extraño que las aclamaciones debieran ser, lógicamente, las que la Iglesia (Cuerpo Místico de Cristo) determina. 
En segundo lugar, para lograr que los fieles puedan conocer las aclamaciones y las realicen en conjunto con su real sentido, no se necesita reemplazarla por elementos foráneos y carentes de un auténtico sentido litúrgico, sino que se necesita educar litúrgicamente a los feligreses. En breves palabras: “La ignorancia acerca de un tema en específico se resuelve estudiando y aprendiendo sobre el tema, y no eliminando el tema específico y catalogarlo como “inaccesible” al conocimiento”.

Finalmente, y en segundo lugar, respecto a la posible incorporación del aplauso (y otras “adaptaciones culturales”) a la Liturgia: 
“Si parece apropiado usar el aplauso como una aclamación alternativa durante un rito litúrgico, debería ser integrado en el rito, como sucede en las ordenaciones” […] “La Iglesia está todavía en una etapa incipiente a la hora de introducir adaptaciones culturales en su liturgia. Necesitamos todavía discernir qué elementos de nuestra cultura son apropiados para la liturgia y en qué momentos. “El aplauso es uno de esos elementos culturales. Este proceso de discernimiento no se puede realizar de la noche a la mañana, y a veces la apertura al Espíritu y a la tradición litúrgica puede significar que tal vez tenemos que repensar nuestras prácticas establecidas. Si el aplauso es usado como una aclamación de alegría en el momento ritual apropiado, entonces su uso puede ser continuado sin problemas. Si es usado de manera que suponga la incorrecta noción de que la liturgia es “hacer cosas”, entonces este uso debería revisarse e incluso suprimirse.”

Lo anteriormente expresado va en contra de la verdadera concepción de Sagrada Liturgia, reafirmada de manera sólida por los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI en numerosos documentos (tanto de su período cardenalicio como “El Espíritu de la Liturgia: Una Introducción”, como en “La Fiesta de la Fe”, así como en sucesivos documentos pontificios de alta relevancia, como “Authenticam Liturgiam”, “Redeptionis Sacramentum” y “Sacramentum Caritatis”).

El problema de gran profundidad al cual se reduce toda esta situación es la “mundanización de la Liturgia”. Si bien la Sagrada Liturgia se vive en un contexto situacional específico (geográfico, demográfico, sociológico, económico), la Liturgia no puede estar sujeta al mismo. La Tradición de la Iglesia nos enseña muy claramente que la Liturgia no es una Obra meramente humana, sino que es una verdadera “obra de Dios”, en la cual la Iglesia terrenal celebra los santos misterios en una Acción Sagrada que se abre de par en par a la Eternidad (hacia la Liturgia Celestial). Por lo mismo, cualquier elemento extraño o agregado, cualquier simbolismo poco constructivo, cualquier signo o gesto foráneo no hace más que contaminar la esencia misma de la Liturgia: El Culto debido a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo (de ahí que se insista, por largos siglos, de la importancia del silencio y del decoro dentro del Templo, puesto que es el lugar consagrado a Dios para la Santa Liturgia).

Más aún, cualquier elemento como los descritos en los ejemplos, o el mismo aplauso, suelen ser elementos centrados en el hombre: celebrar a una persona en concreto, por algún logro o meta lograda (por ejemplo, en una ordenación sacerdotal, en un aniversario, después de la Homilía del Papa, etc). Claramente, dichas aclamaciones y elementos tienen una fuerte tendencia a la exaltación del hombre, que no es el objetivo de la Liturgia. Luego, salta a la vista en forma definitiva que son elementos absolutamente inadecuados para el ámbito de la Divina Liturgia.

El problema no está en la “inculturación” (palabra cuyo uso eclesial es tan confuso y variado como el de “ecumenismo”, con todas sus implicancias). El verdadero problema es una enfermedad relativamente moderna y que afecta a la Iglesia cada vez más: El Antropocentrismo. Si se pone al hombre por centro de la Liturgia, el Culto a Dios se transforma en un culto humano y pierde su sustancia. Y he ahí el peligro…

(Copyright imagen superior: Milenio).

miércoles, 4 de diciembre de 2013

50 años de Sacrosanctum Concilium: ¿Y ahora qué?

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Este 4 de diciembre se celebra el aniversario número 50 de la primera constitución emanada del Concilio Vaticano II: Sacrosanctum Concilium. Este documento genera en muchos católicos, particularmente entre quienes tienen una particular sintonía con la Liturgia, una doble sensación: Una de ánimo, puesto que en la constitución se plantea un legítimo desarrollo del Rito Romano y que recoge, de cierta forma, muchas de las premisas que se desarrollaron en el Movimiento Litúrgico del siglo XX, en sintonía con la Tradición de la Iglesia. Sin embargo, también produce una amargura al saber que en ella misma se encuentran las puertas abiertas a lo que sucedió después: una reforma litúrgica que, más allá de reformar la liturgia, vino a transformarla en algo nuevo: No se continuó el desarrollo “orgánico” que la Tradición supo mantener en la Liturgia, sino más bien vino a crear un nuevo rito, nacido de “mentes litúrgicas” que no valoraron ni respetaron el ritmo del desarrollo litúrgico en continuidad con la Tradición de la Iglesia.

 

Para poder llegar a una conclusión tan potente, basta solo con mirar detenidamente los estandartes de lucha que la reforma litúrgica dejó en muchos católicos, y que se suelen reconocer como los grandes logros del “Concilio”: La Abolición del Latín y su reemplazo por las lenguas vernáculas, y la Misa de cara al pueblo. En estos dos aspectos se puede, de inmediato, establecer que la Reforma de 1970 no fue realizada según la mens de los Padres conciliares, sino que fue una serie de decisiones personales o grupales, de paneles de expertos que (ávidos de novedades,) no tuvieron en cuenta el desarrollo orgánico de la Liturgia a través de los siglos.

Curiosamente, estos tan reconocidos “logros” del concilio nunca estuvieron presentes en los documentos conciliares.

Por ejemplo, analicemos el caso del Latín. La Constitución dice en el número 36:

Original (Latín)

 

Traducción (Español)

36. §1. Linguae latinae usus, salvo particulari iure, in Ritibus latinis servetur.

 

36. § 1. Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular.

§2. Cum tamen, sive in Missa, sive in Sacramentorum administratione, sive in aliis Liturgiae partibus, haud raro linguae vernaculae usurpatio valde utilis apud populum exsistere possit, amplior locus ipsi tribui valeat, imprimis autem in lectionibus et admonitionibus, in nonnullis orationibus et cantibus, iuxta normas quae de hac re in sequentibus capitibus singillatim statuuntur.

 

§2. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que acerca de esta materia se establecen para cada caso en los capítulos siguientes.

 

Y como vemos, es totalmente lo contrario a lo que sucedió en la reforma. El documento conciliar declara tajantemente  que el uso del latín, como lengua litúrgica de la iglesia, se debe conservar. Aún más, como se puede leer en el párrafo 2 del mismo número, se explicita que la lengua vernácula es útil y puede ser utilizadas en algunos momentos particulares, como en las lecturas (lo cual es deseable, siempre que la traducción sea la adecuada), así como en las moniciones (que hoy parecen una verdadera plaga por su número y extensión), en los cantos (sin reemplazar a los propios, sino que como cantos adicionales para acompañar algunos momentos como la procesión de entrada, el ofertorio, la comunión y la salida).

Los padres conciliares tuvieron muy claro el hecho de que el Latín, como lengua de la Iglesia, proporciona un signo de unidad litúrgica muy fuerte, así como también, una protección eficaz contra la “deriva del lenguaje” que afecta a las lenguas vernáculas (Por ejemplo, muchas palabras que, antaño, parecían normales, hoy han sido transformadas en palabrotas y groserías de grueso calibre).

El resultado es públicamente conocido: La abolición “de hecho” del latín y la proliferación de las traducciones a una multitud de idiomas que, en muchos casos, no cuentan con la necesaria autorización de la Iglesia, y que por ende, presentan graves errores teológicos y litúrgicos.

 

Por otro lado, la Misa cara al pueblo es otra de los “logros” que se le adjudican al concilio. Pues bien, en Sacrosanctum Concilium no existe referencia alguna respecto a la orientación del celebrante. La primera referencia se tiene directamente en la instrucción post-conciliar para la correcta ejecución de la reforma litúrgica, llamada "Inter Oecumenici”, la cual fue redactada por el Consilium para la aplicación de la reforma. En este documento, podemos encontrar la siguiente referencia (en el número 91):

91. Conviene que el altar mayor se construya separado de la pared, de modo que se pueda girar fácilmente en torno a él y celebrar de cara al pueblo. Y ocupará un lugar tan importante en el edificio sagrado que sea realmente el centro adonde espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles.

 

Queda claro que la palabra “conviene” no queda sujeta a la celebración de cara al pueblo, sino a lo primero, que es poder girar fácilmente en torno a él. En instrucciones posteriores y en la primera versión de la Instrucción General del Misal Romano se clarifica la situación y, en muchas declaraciones posteriores por parte de los prefectos de la Sagrada Congregación de Culto Divino, que la celebración Versus Populum es solo una posibilidad más.

El resultado de esto es también públicamente conocido: El destierro de la celebración de cara al altar, su prohibición por parte de muchos obispos y, por cierto, la destrucción de numerosos altares artísticamente diseñados para dar paso a construcciones de cuestionable dignidad y calidad artística.

 

Mass-Coloquiuum

 

Ante estas evidencias, nace una pregunta: ¿Que hacer?…

[Continuará]